Hacerse el sueco

En tiempos de aceleraciones políticas, de urgencias sociales, de redes, alertas y distracciones digitales, tener tiempo para leer no resulta siempre fácil. Tampoco es fácil leerse una autobiografía de un escritor noruego que discurre entre seis volúmenes diferentes y unas 3600 páginas que narran la infancia, juventud y el paso a la madurez de un señor que no siempre te va a caer bien. Aun así, lo he hecho y he de reconocer que me lo he pasado pipa. Me he dejado llevar a través de una autobiografía que ahonda en todos los detalles de su vida, por nimios que sean, en la que acontecimientos importantes se mezclan con descripciones exhaustivas de eventos, objetos y sensaciones apenas perceptibles que al final, son los que definen la textura de una vida. En los seis libros que configuran “Mi lucha” de Karl Ove Knausgård (guiño guiño codazo Mein Kampf) todo se relantiza para prestar atención al color de su primer gorro de natación, a cómo se apaga un cigarrillo en un cenicero esperando que llegue un amigo, o a si es preferible acompañar una gambas con mayonesa, mostaza o poner ambas salsas y dejar que los invitados elijan. Todo se describe con precisión, casi neurótica, para crear una forma de literatura que te arrastra por las discusiones con sus parejas, por borracheras juveniles, fiordos, muchos fiordos, por presentaciones del propio libro o por el malestar que le causa tener que hacer entrevistas promocionales para darse a conocer. Si el demonio está en los detalles, se nos presentan seis volúmenes repletos de recuerdos, descripciones de sensaciones y actos cotidianos, cual épica tranquila,  para dibujar todo lo que conlleva hacerse un hombre adulto. Si algunas personas, para mitigar la crisis de los cuarenta se compran una moto, se lían con una chica más joven o montan una ONG, el noruego decide escarbar en todas y cada una de las papeleras de su memoria, recapacitando sobre y evaluando su vida. 

Todo el proyecto nace de una madalena proustiana: la muerte del padre del autor. Atención, vienen spoilers. Un padre estricto, violento, maestro de escuela, señor ejemplar, que no aguanta a su familia y la tiene sometida a un maltrato silencioso. Un padre que no tolera que los niños griten, corran o jueguen por la casa. Un padre al que la comunidad admira pero que en el hogar se perfila como un maltratador de baja intensidad. Le pega palizas al hermano mayor y mantiene un clima de miedo que afectará y marcará la vida del escritor. Un padre que de golpe decide dejar la familia atrás y fundar otra. Un padre que empieza a beber y termina muriendo joven, rodeado de botellas vacías, en un sofá meado, cubierto de su propia sangre. Un maltratador que decide rendirse. Un padre que en un momento dado decide soltar la vida y dejarse arrastrar por el alcohol. Un padre que opta por un suicidio lento y pasivo que le lleva a la degeneración física e intelectual. La gestión de la muerte del padre es lo que lleva a Knausgård a ahondar en su infancia. En su vida, para entender cómo éste le ha marcado. Para entender la muerte de su padre. Para hacerse cargo de cómo la violencia de su padre ha definido quién es él. Para entender porqué su padre un día decidió aplicarse la violencia contra sí mismo. Para entender al padre que lleva dentro y así, poder crecer como persona, para poder ser padre también.

De esta forma es una novela que va sobre cómo heredamos la violencia familiar y cómo la gestionamos. Cómo la distribuimos a nuestro alrededor. Cómo gestionamos la violencia masculina y cómo la perpetuamos. Cómo la imposibilidad de mostrar emociones del padre se traduce en un proyecto titánico por entender las emociones de su hijo. Cómo los silencios, la falta de contacto físico y la violencia explícita del padre, marcan los rasgos del carácter de su hijo. En un momento dado, al tener sus propios hijos Knausgård escribe: “Yo vivo, tengo hijos y con ellos sólo me he esforzado en una cosa: en que no tengan miedo de su padre. No lo tienen. Lo sé”. Su proyecto vital reside en erradicar los rastros que su padre ha dejado en él. En cortar el linaje de violencia intrafamiliar. En comprender el malestar, la violencia del padre, para no repetirla. En intentar no transmitirla a sus hijos. Pero como la energía, la violencia no se extingue, se transforma. Y a lo largo del libro somos testigos de cómo esta violencia marca su relación con sus parejas. Con su hermano. Con su trabajo y con su círculo social. El patriarcado se hereda, y redistribuye en forma de violencias, en forma de relaciones, de vínculos posibles y en la forma de los vínculos que no vamos a saber sostener. En la forma de conversaciones con su madre y relaciones sexuales fallidas. En forma de borracheras y autolesiones. 

Frente a la muerte del padre, en medio de una crisis profesional y personal, el autor decide ahondar en sus sentimientos con un único objetivo: escribir desde la sinceridad. Ser honesto. Ahondar todo lo posible en su vida, describir con detalle todo lo que le ha pasado o ha sentido. Su objetivo es entenderse, comprender quién es. Cuánto de su padre habita dentro de él. En este sentido, seguramente este libro es la mejor muestra de lo que implica hacer autoficción. Es muy probablemente la obra culmen del género, explorando y analizando todas sus posibilidades y fallos. El autor es consciente en todo momento de los límites de esta forma de literatura, de todas las trampas y contradicciones que encierra. La búsqueda de la honestidad le lleva a sitios bellos y a sitios oscuros. A ahondar en historias de juventud, como cuando siendo menor compró junto a un amigo alcohol para llevar a una fiesta y todas y cada uno de los obstáculos que se encuentran por el camino para hacer que las botellas lleguen a su destino (esta descripción cuidadosa de una serie de eventos relativamente banales seguramente es uno de los momentos más sinceros, tiernos y efectivos del libro). A describir con precisión paisajes nevados y ciudades lluviosas. De igual manera nos hace partícipe de sus discusiones de pareja, sus experiencias sexuales, sus peleas, frustraciones, narcisismos y vanidades. Es una ventana abierta a lo prosaico que resulta la existencia. A las pequeñas heroicidades y frustraciones que definen el ser. 

En este caso, la autoficción funciona bien cuando la exposición del yo se hace sin buscar el reconocimiento ni el aplauso sino como forma de buscar en lo personal lugares complicados de entender, difíciles de exponer, pero que merecen ser compartidos. En lugar de la aceptación, toca asumir la vergüenza pública, por mucho que eso duela. En ese sentido el género le obliga a exhibirse totalmente. A exponer lo mejor y lo peor que encierra una vida. Y durante gran parte del libro somos testigos de lo mejor y de lo peor de una vida particular. Por eso es capaz de contar que  sus primeras relaciones sexuales son frustrantes puesto que eyacula de forma precoz y no logra nunca dar placer a sus parejas. Su miedo a fracasar como autor. A contar que una mujer le acusa de violación y cómo gestiona la situación, fruto de una infidelidad, con su entonces mujer. O cómo, cuando no logra captar la atención de una mujer que le gusta, borracho, decide cortarse la cara con una cuchilla dejando profundos surcos sangrantes, que difícilmente logra disimular en un congreso de escritores al que ha acudido. Nos cuenta cómo es incapaz de crear nuevos amigos y vincularse con gente que no conoce. También nos narra sus inseguridades que no son pocas, o los rasgos que más le gustan y disgustan de sus hijos. Lucha por reconciliarse con su pasado, con sus acciones, con las idioteces que ha cometido en sus múltiples borracheras y que ahora son expuestas en público con todo lujo de detalle. Escribe: “Lo único que quería era ser una persona decente. Una persona buena, honrada y honesta que miraba a la gente a los ojos y de quien la gente sabía que podía fiarse. Pero no era así. Yo era alguien que se escaqueaba, y había hecho cosas terribles”. Sostener la vergüenza en público, mostrar el yo con todos sus defectos, es seguramente lo más bestia que tiene este libro. Página tras página de reflexiones sobre su vida, sobre sus familiares, sobre sus amistades, sobre sus hijos. Sobre otros escritores y periodistas. Sobre las cosas que le gustan y las que le molestan. Todos sus defectos son exhibidos, presentando a una persona insegura, que busca constantemente el reconocimiento, pero que siente que nada de lo que hace o dice tiene valor. Un escritor que se pelea por encontrar una voz, un joven que lucha por tener una identidad, un amante que se resiste a aceptar la intimidad, un padre que se enfrenta a hacerlo bien. Esa es su lucha. 

Se pelea buscando escribir desde la más profunda sinceridad. Desde la honestidad. Por ello opta por escribir sobre sí mismo, aceptando que la vida es siempre imperfecta. Que muchas de las cosas que has hecho o dicho han podido herir a otras personas. Que gran parte de lo que vas a escribir, va a hacer mucho daño a quien lo lea. Que la búsqueda de tu verdad, implica exponer y exponerte al juicio de los demás. En ese sentido el libro sostiene la tensión entre el narcisismo más exhibicionista y la humildad más honesta. En muchos pasajes de los libros no resulta fácil empatizar con el autor. No juzgarle. Es el libro de alguien que quiere ahondar en lo más fondo de su alma para entender su verdad, pero que para hacerlo se ve obligado a exponer a todas sus personas queridas. Convierte en personajes a personas reales que queriendo o sin querer, han sido partícipes de su vida. Se atreve a ser una basura en público, pero arrastra a sus seres queridos al basurero de la posterioridad. Para evidenciar que la vida es un conjunto de interdependencias, se ve obligado a poner el ojo mediático a personas anónimas que gestionan mejor o peor su inesperada popularidad. A confesar secretos, inseguridades y cagadas propias y de la gente que le ha acompañado a lo largo de su vida. 

Su proyecto, irremediablemente falla. El éxito del libro le obliga a cambiar de planes. Los libros, que se han ido publicando por separado, causaron una sensación sin precedentes en su noruega natal. Se calcula que uno de cada tres noruegos ha leído al menos uno de los libros. De esta forma, los libros primero y segundo, son impresionantes, escritos sin tener en cuenta que serían leídos. Por eso son profundamente honestos y emotivos. Consciencia sin mediación ni miedo al juicio público. El libro tercero ya sale a sabiendas de la expectación que han causado los dos primeros. Con toda la atención mediática puesta encima. Con periodistas verificando las historias y entrevistando a las personas que aparecen en los libros. El cuarto y quinto se escriben de forma rápida y a sabiendas del escrutinio de la prensa y del público ávidos de carnaza. El sexto libro reflexiona sobre cómo el proyecto ha afectado su vida, la de su pareja y la de sus hijos. De cómo los fotógrafos expectantes toman fotos de sus hijos al salir a la calle, personas anónimas le paran en aeropuertos, la familia de su padre toma acciones legales con el fin de intentar detener la publicación de los libros o la tensión que causa en su círculo más cercano, su madre, su suegra, sus parejas o su mujer, el ser descritas con todo lujo de detalles, sin filtro. Retratos no siempre favorables ni fáciles de gestionar. Por eso, el sexto libro oscila entre la autoficción, el ensayo y la metaficción. Analiza lo que ha sido el proyecto, lo que se puede o no se puede decir. Lo que se ha tenido que censurar o ocultar para que el proyecto sea viable. Pero sobre todo, lo que el propio autor ha dejado de escribir, a sabiendas que se exponía o exponía a sus personas queridas a la presión de lo público. Los límites morales y legales contienen y posiblemente desinflan un poco el final de la obra. 

Me comentaba hace poco una amiga que lo había intentado leer y que este es un libro que sólo pueden disfrutar hombres. Mi lucha, es un libro sobre la crisis de la masculinidad. Sobre la relación entre padres e hijos. Sobre la búsqueda de reconocimiento paternal, pero a su vez, sobre el deseo de sacrificar y superar a la figura paterna. Sobre cómo asumir que para tus hijos, eres lo que tu padre fue para ti. Sobre cómo superar la vergüenza que te da que tu mujer monte una escena en público, que tus hijos griten en el restaurante y otros hombres piensen que no los sabes controlar. Un libro sobre cómo se espera de ti que sepas poner orden, imponerte, cuando lo único que quieres es desaparecer. Los libros están llenos de escenas de masculinidad truncada, como cuando su mujer quiere que se enfrente con su vecina de abajo, que una persona muy conflictiva, y él busca excusas constantemente para evitar la confrontación. En lugar de solucionar el problema acaba montándole un pollo a su propia mujer. Como cuando le da verguenza que un grupo de japoneses le vean empujando el carrito de sus hijos, cargado de bolsas de pañales, y se siente como un hombre fracasado, como un hombre sin dignidad. Cuando describe a su pareja como una persona irracional que es incapaz de asumir que sus demandas son contradictorias e ilógicas (término que usa repetidamente para describirla). El temor a que sus amigos piensen que es su pareja quien toma las decisiones y no él. El miedo a ser demasiado femenino cuando sus amigos del instituto le empiezan a llamar así. El autor se debate constantemente entre cómo sostener una masculinidad fuerte y su necesidad de expresar su lado más emocional. A veces desde la reflexión pausada, a veces desde el más profundo enfado. Como cuando escribe: “Karen Blixen decía que uno no puede ir persiguiendo el santo grial empujando un carrito de bebé. No se pueden hacer las dos cosas. Sólo hay un tipo de masculinidad. O eres más hombre o lo eres menos. Son hay una puta opción. No existen las masculinidades en plural. Como detesto esa palabra. Me da ganas de vomitar. Hay ciertas palabras que encaran todo lo que no me gusta de una era. Esta es una de ellas”. A la vez, ajusta cuentas con su padre, un hombre frío y duro, un “hombre de verdad”. Un hombre incapaz de abrazar a sus hijos o de darles la enhorabuena cuando han hecho algo bien. Un hombre incapaz de compartir ni entender lo que siente. En este sentido, todo el libro es sobre una masculinidad que irremediablemente va a fracasar. Habla de una masculinidad como transición, que siente que su papel es el de controlar, ordenar el mundo, pero que sabe que no lo va a poder hacer. 

El libro constituye un esfuerzo sincero por entender la naturaleza de los sentimientos y las emociones de un hombre que ha nacido en un mundo en los que estos no se debían tener ni mostrar su lado emocional. Ahonda en la vida de un hombre al que le cuesta tener amigos. Al que le cuesta compartir lo que pasa en su interior, pero que se obliga a hacerlo, para escapar de la sombra de un padre al que no se quiere parecer. Con momentos de una profunda sensibilidad para con las cosas que pasan, describiendo colores, sensaciones, gestos con precisión, pero también, evitando el contacto con otras personas. Emborrachándose como única forma de poder tener sexo o intimidad con las mujeres. Contención y exceso. Miedo a sentir, necesidad de expresar. La tensión, su inhabilidad para sostener los vínculos con otras personas atraviesa todo el libro. Su círculo social pequeño como espacio de protección frente a la necesidad de expresión emocional. Escribe: “mi aversión a la intimidad o a las muestras de emoción, viene motivada por mi adversidad a las expresiones de emoción, no las soporto. No quiero estar cerca de ellas. La necesidad de aislamiento que siento cuando veo muestras de emoción es como una suerte de bendición”. El autor, de esta forma se presenta como una persona profundamente sensible incapaz de gestionar o sostener gran parte de lo que siente. Ser hombre, se presenta como esa disyuntiva. Sentir sin querer hacerlo. Saber que el mundo emocional es importante, pero no ser capaces de sostener cualquier exceso o muestra emocional. Sólo su deseo sexual le lleva a bajar las barreras de la intimidad. Sólo ese “deseo me permite perder mi miedo a la intimidad y la necesidad de tomar distancia, para así poder acercarme a otra persona”. El alcohol facilita estos contactos, que por lo general en los libros, nunca acaban muy bien para ellas. Al final uno se da cuenta que el libro es un aprendizaje, algo imperfecto, de la vulnerabilidad. La exhibición total de la vida como forma de asumir su necesidad de ser vulnerable. Es una pelea por querer aprender a ser hombre y la necesidad de asumir todo lo que no se atreve a sentir. 

El libro está repleto de conversaciones con sus amigos. Conversaciones de hombres hablando con otros hombres. Conversaciones no estereotipadas. Hombres sin mucha pericia emocional que intentan entenderse. Intentan ayudarse. Pese a lo que les cuesta hacerlo o expresarlo. En ese sentido es refrescante y gratificante ver lo patosos que somos en general. Escribe:

 “—Ah, bueno —dije—. Es que estoy muy triste. 

—¿Por qué?

 —No lo sé. No hay ninguna razón en especial. Sólo que estoy triste.

 —A mí también me pasa eso algunas veces —dijo.

 —¿A ti también? —Sí. 

—¿Que estés triste sin que haya pasado nada especial?

 —Sí, a mí también me pasa. 

—No lo sabía —dije—. No sabía que a otros también les pasaba eso. 

—Lo podemos llamar así —propuso Geir—. «Eso». Podemos decirlo cuando nos sentimos así. «Ahora me pasa eso», podemos decir, y entonces el otro lo entenderá enseguida. 

—Es una idea muy buena —dije”.

Conversaciones que retratan a hombres que saben que sienten cosas pero que no saben muy bien cómo llamarlas. Hombres que descubren sus fallos y defectos juntos. Hombres que temen mostrarse vulnerables frente a otros hombres. Hombres que dan rodeos para explicar lo que sienten. Es una lucha contra las fuerzas, costumbres y expectativas de una sociedad patriarcal, seguramente por ello es un libro pasivo/agresivo. Para una persona que se pasa seis volúmenes quejándose de cuánto detesta la exposición pública y el vínculo social, abrirse en canal frente a toda la humanidad es un gesto bastante incongruente. En ocasiones el autor escribe a la defensiva, como cuando nos cuenta con pelos y señales alguna de las muchas discusiones que tiene con su esposa, implorando al lector que le dé la razón. Como cuando considera que limpia más veces el cuarto de baño que ella, o que limpiar la cocina es más trabajo que ir a buscar a los niños de la guardería. Incluyendo frases como “aunque claramente ella nunca se ocupaba de la limpieza, aparentemente en su cabeza era ella la que mantenía el piso en orden”. Buscando la complicidad de los lectores, ¿ves cómo está loca?. Dedica páginas y páginas a describir estos desencuentros domésticos, como si tuviera afán de mostrar quién tiene razón. El autor parte de la premisa que “acercarse a otra persona implica ver las cosas que la otra persona aún no ha podido ver, porque no quería hacerlo o simplemente porque no podía”. Con esta lógica, destripa y examina el carácter de sus mejores amigos, de sus parejas y de su familia. Como si la literatura le permitiera tener un punto de vista privilegiado sobre aspectos del carácter de sus allegados que aún no han aprendido a ver. En ocasiones, el saber que va a ser leído le obliga a no nombrar a personas concretas o a cambiar la versión de ciertas cosas. Por ello, siempre nos quedaremos con la duda de si cuando era maestro en un colegio rural, con dieciocho años se acostó con la chica de trece o no. Historia que flota a lo largo de los libros, con versiones diferentes. Lo público se topa de frente con lo legal. En cambio si tiene el valor de marcarse un ensayo de unas 400 páginas sobre la vida de Hitler y el auge del nazismo, que cualquier editor le habría hecho eliminar, si no fuera un escritor estrella culminando uno de los libros más importantes del siglo XXI. 

En definitiva, es un libro sobre literatura. Sobre los límites del yo. Se pregunta de quién es la voz que narra y cuáles son los límites de lo que se puede narrar. Es autoficción llevada al extremo. Gran hermano +Proust + sálvame delux.  Es un ejercicio que nos permite entender la distancia que puede haber entre lo que uno ha experimentado, sentido, recordado y vivido. Cómo las realidades se construyen a base de relatos cambiantes que no siempre son fáciles de combinar ni asumir. De cómo el yo se hace a base de recuerdos, voces, experiencias y ficciones narrativas. De cómo la voz literaria termina confundiéndose con la voz confesional. Los textos que lee se integran en una biografía ávida de explorar lo que se piensa y siente en cada momento, con cada acción. Es una toma de consciencia de todas las personas, libros, canciones, y situaciones que le han hecho ser como es. Acumulaciones de sensaciones y vivencias desde la certeza que nuestras vidas son imperfectas, fraccionadas, llenas de momentos bonitos y de experiencias que a uno le gustaría poder olvidar. Knausgård, con valor, decide exhibirlo todo, a casi todo. Presentarlo al mundo para que le juzgue sin piedad. El resultado es una obra de arte sin parangón. Un pulso con la historia y con las historias de las personas que la acaban configurando. Un elogio a los gestos, actividades y palabras que constituyen nuestra cotidianidad. Un monumento a la imperfección. Una obra que nos recuerda que ser humano implica cagarla una y otra vez. Que aprender a ser hombre es aprender a fracasar, y a todos nos conviene aprender a hacerlo.

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