El mensaje

Artículo publicado originalmente en la Revista BeCult Mayo 2020

Gran parte de las civilizaciones arcaicas creían que sus deidades les mandaban mensajes a través de fenómenos naturales. Se pensaba que detrás de la tormenta, de un incendio, de una plaga, de los eclipses o de las enfermedades, había un mensaje que se tenía que decodificar. Los humanos vivíamos en un mundo trascendente en el que la materia estaba al servicio de los diferentes dioses. Estos la cargaban de energía y significado. Con el advenimiento de la modernidad, y la aparición de las ciencias naturales, paulatinamente dejamos de buscar qué significan las cosas para centrarnos en entender sus causas y consecuencias. Pasamos de vivir en un mundo repleto de mensajes a habitar un mundo mecanicista en el que detrás de los fenómenos tan solo se encontraban razones. Si la temperatura subía, el agua hervía. No había mensaje ni significado, solo causa/consecuencia. Dependiendo de las órbitas lunares la marea subía y bajaba. Si uno entraba en contacto con un virus, podía enfermar. Pasamos de que los fenómenos tuvieran significados a que tuvieran una explicación.


Con la modernidad las cosas dejaron de tener un significado trascendente y se cargaron de explicaciones científicas. Pasamos de la fe a la razón, del mito a la evidencia, de las sensaciones a los hechos. Para facilitar esta transición los humanos creamos disciplinas de conocimiento que se especializaron en entender aspectos cada vez más específicos de la realidad. La biología se encargaría de los seres vivos, la física de los fenómenos naturales, la sociología del comportamiento humano, la virología del comportamiento de los virus, la antropología buscaría entender las diferentes sociedades humanas, etc. Así se crearon ciencias dedicadas a entender los fenómenos naturales y otras dedicadas a la vida social. Unas miraban la natura, otras la cultura. Biología o economía. La realidad, en lugar de verse desde la complejidad se empezó a ver de forma fragmentaria. Cada disciplina desarrolló sus propias metodologías específicas, podía dar explicaciones con múltiples variables y diseñó sistemas de interpretación cada vez más elaborados. Lamentablemente estas formas de análisis por lo general han sido incompatibles entre sí. Con la hiperespecialización perdimos la capacidad de ver el plano general.


Ahora, con la crisis que se ha desatado tras la pandemia de la COVID-19, hay quien quiere rescatar la idea de que hay un ser trascendente que cual deidad, está usando la materia para mandarnos un mensaje. Que hay un significado único que le daría sentido a todo lo que estamos viviendo. Bajo el mantra “la natura nos quiere enseñar algo”, las redes se llenan de voces, memes, imágenes y fotos de jabalís invadiendo parques y jardines. Es tanto el dolor y sufrimiento que se está desplegando a nuestro alrededor, que parece absurdo que no haya una razón o un motivo que lo justifique. Que no exista una intención detrás de los hechos que estamos viviendo. Hay quienes se conforman con creer en alguna de las múltiples teorías de la conspiración que están circulando: alguien tiene que ser culpable de tanta maldad. Hay quien ha puesto toda su fe en el diseño de aplicaciones y en encontrar soluciones tecnológicas o científicas para parar la debacle. Desde aquí dudo que haya un ser que nos quiera mandar un mensaje. Dudo que encontremos una única solución para un problema tan complejo. Pero aun así, me gustaría creer que hay cosas que se pueden aprender de esta catástrofe.


Está claro que las herramientas interpretativas heredadas de la modernidad, se quedan cortas para entender un fenómeno que cruza muchas realidades, tiene demasiadas variables, condicionantes e intereses contrapuestos. Una crisis que pone en crisis sistemas de distribución y de consumo, regímenes alimentarios, intereses farmacéuticos, políticas económicas, límites fronterizos, organizaciones comerciales, intereses financieros, relaciones entre especies diferentes y sistemas de gobierno. Una crisis que pone en evidencia tanto los privilegios de humanos sobre el planeta como nuestra fragilidad como especie.


En la actualidad no hay disciplina de conocimiento capaz de abordar esta complejidad. Por ello necesitamos deshacernos del pesado yugo moderno para elaborar saberes indisciplinados y promiscuos, capaces de abordar este embrollo desde la humildad y la incertidumbre. Aceptar que esta crisis va a afectar a los seres humanos y no-humanos de formas muy diversas y desiguales. Que lo que es un problema para los humanos, es una bendición para las aves. Lo que se presenta como un problema económico a su vez tiene consecuencias positivas para el medio ambiente. Que si no nos organizamos, de esta crisis saldrán muchos perdedores y un puñado de ganadores. Que se va a extender la pobreza y concentrar la riqueza.


La fe ciega en el progreso científico, nos ha hecho subestimar la fuerza de la biología. Nuestro sesgo cognitivo nos ha hecho creer que gracias a la razón estábamos por encima de los otros seres biológicos. Nos hizo olvidar cuán frágiles y vulnerables podemos llegar a ser. La escisión moderna entre natura y cultura se acaba de desdibujar. Somos un elemento más dentro de una cadena de seres que luchan por subsistir. Pensar que los humanos somos independientes y autónomos de la naturaleza, que somos capaces de intervenir y dominarla, nos ha hecho olvidar que siempre hemos sido naturaleza. Somos seres interdependientes cuyas vidas están conectadas de diferentes formas con otros seres y medios. Asumir que no somos sujetos aislados es aceptar una responsabilidad en cadenas de cuidados complejas compuestas de humanos y no-humanos. Nuestra fantasía de dominación del medio para protegernos de sus consecuencias ha hecho que olvidemos que somos parte del mundo del que nos queremos proteger.


El filósofo Timothy Morton acuñó el concepto hiperobjeto para definir estos “objetos” que por su tamaño, complejidad, escala temporal o magnitud, escapan a la comprensión humana. Los residuos de plástico en el ambiente, el calentamiento climático, o la pandemia que nos está asolando serían algunos ejemplos de hiperobjetos. Por muchos modelos de previsión y análisis que hagamos, tenemos que aceptar que no vamos a anticipar ni entender todas las consecuencias que va a dejar tras de sí este fenómeno. Esto, a los humanos acostumbrados a nuestros privilegios epistémicos nos saca de nuestras casillas. Tenemos una necesidad de entender, puesto que nos da la sensación de que así, empezamos a dominar la realidad. Morton, nos recuerda que nunca vamos a comprender estos hiperobjetos del todo. Que nuestros sistemas de conocimiento son muy limitados frente a fenómenos de tal magnitud. Es importante aceptar que no todo se puede saber. Que hay fenómenos que escapan a nuestro conocimiento. Por eso, es esencial no perder la calma y saber habitar la incertidumbre. Aprender a cuidar y a cuidarnos. Aceptar que no todo tiene un significado ulterior. Que nos encontraremos con explicaciones parciales con las que nos tendremos que contentar. Que como aprendimos de Donna Haraway, todos los saberes son parciales y situados. Que frente a esta crisis está claro que las ciencias van a ser importantes, pero igualmente valiosas van a ser las artes, la música, el diseño o la poesía. Probablemente no nos aportarán el significado último a lo que está pasando, pero sí nos ayudarán a darle un poco de sentido a la realidad que nos ha tocado vivir. Nos ayudarán a elaborar respuestas colectivas e imaginar escenarios futuros. A transformar el dolor en esperanza. El malestar en justicia.

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Cuando ni la música amansa a las fieras

La película 24h Party People relata el auge y decadencia de una de las escenas musicales y creativas más importantes de finales del siglo XX. La escena de Manchester, que consagró a un número importante de bandas de clase trabajadora del norte de inglaterra. Grupos como los Happy Mondays, Joy Division, Stone Roses, Primal Scream, A Certain Ratio, New Order, etc. transformaron el imaginario social y cultural de la ciudad. La película empieza con planos reales de un concierto que dieron los Sex Pistols, el grupo punk londinense por excelencia en una sala de conciertos pública, el Lesser Free Trade Hall, al que tan sólo acudieron 42 personas. Programar ese concierto fue un acto de temeridad (jugársela por un grupo que sube al escenario borracho y se caga en la reina requiere valor) y un fracaso si tenemos en cuenta las entradas vendidas. Sin embargo el concierto fue el detonante para que se formaran muchas de las bandas cuya música aún podemos disfrutar. Casi todos los asistentes acabarían involucrados de una forma u otra en la escena musical de la ciudad. Es lo que tiene la cultura, por lo general no es razonable, no se rige por la razón, sin embargo es afectiva, genera afección. Contagia. Conmueve y por eso, transforma. Predecir las consecuencias que puede tener un actividad cultural requiere de una clarividencia que muchos desearían tener. Por eso tantas cosas salen mal, por eso es tan importante la experimentación cultural.

El crítico cultural marxista Raymond Williams escribió que la cultura genera “estructuras de sentir”, es decir, nos ayuda a dar forma a lo que sentimos de forma colectiva. Produce imaginarios compartidos que nos ayudan a hacernos cargo de la realidad. Transforma lo íntimo en materia común. Por eso existe tanto interés por hacerse con la hegemonía cultural. En hacerse con esa herramienta capaz de transformar el malestar en alegría, la esperanza en rabia, la desilusión en esperanza o la soledad en comunidad. Hay canciones que nos recuerdan al verano perfecto, cuadros que nos conmueven y no sabemos bien porque. Festivales que nos recuerdan a nuestros amigos o películas que nos ayudan a entender conflictos que no hemos logrado resolver. Las estructuras de sentir marcan el tono afectivo de los grupos sociales. Por eso, tomar decisiones en este momento de crisis, en este momento que el tono afectivo general es de bajón, requiere valor. Requiere tacto. Requiere cuidado, pero también requiere determinación. 

Crear recuerdos colectivos, abrir horizontes de esperanza, hacer que esta crisis se viva de una forma un poco menos individual, es un regalo para esta sociedad entristecida, resentida y confinada. Seguro que programar conciertos, abrir espacios de cuidado y transformación, siempre se puede hacer mejor. Pero la cultura de Barcelona no puede estar supeditada a lo que opinen algunas voces que se piensan sector cultural. El interés general siempre ha tenido que asumir que no puede satisfacer a todos los intereses particulares. En este caso, voces que ni representan ni pueden hablar desde cierta colectividad. Se sienten legitimados porque se dedican a la cultura pero los argumentos que presentan suenan a veces muy interesados, a veces incluso un poco snob. Nadie puede saber cómo afectará al público una obra de teatro, una actuación de circo, como nos interpelará una canción. Por eso en cultura, a veces hay que tomar decisiones sin tener todas las certezas, sin contar con todos los datos, tomar decisiones desde el corazón. Arriesgarse a meter la pata, porque haga lo que se haga, para alguien siempre estará mal. 

Si te pudiera mandar un mensaje, Ada, te diría gracias por pensar en nosotros. Gracias por pensar en nuestro bienestar. Por intentar cuidarnos y animarnos. Por hacer lo posible por que no vivamos este encierro en soledad. Por intentar abrir horizontes de deseo y de placer. Y cuando tomes decisiones, te ruego que seas valiente. Que lo hagas desde el corazón. Que recuerdes que hay muchas personas que no viven en las redes. Muchos ciudadanos/as que no soportan meterse en ese lodazal. Que hay mucha gente que sabe cómo deberían hacerse las cosas, pero por lo general sólo se dedican a opinar. En medio de una crisis, no me puedo imaginar a las y los sanitarios ŕenunciando a cuidarnos porque las condiciones para hacerlo no sean las óptimas. Que renunciaran a cuidar de nuestra salud porque las cosas se podían haber hecho mejor. Por eso salimos cada tarde a aplaudir su sentido de la responsabilidad. Creo firmemente que en este momento es importante convertir el resentimiento en alegría. Hay malestares que solo los quita un buen baile, y esta ciudad triste necesita un buen meneo, un poco menos de amargura, un poco más de amor. Creo que en cultura hay algo peor que hacer una cosa mal y recibir críticas por ello, y es dejar de hacer por miedo a quienes te criticarán. Gracias por intentarlo. La próxima vez saldrá mejor.   

Cuando participar no es ganar

Me preguntaba recientemente un conocido, no sin cierta sorna, porque consideraba yo que habían desaparecido o se habían malogrado muchos de los planes y proyectos de incentivo de la participación cultural, de los que tanto se hablaron tan sólo hace unos años y que habían puesto en marcha responsables de las áreas de cultura de diferentes ciudades del Estado.

Y es que a pesar de algunos casos de éxito (importante destacar el reconocimiento al proyecto de La Harinera de Zaragoza con el Eurocities Awards 2019), muchos de las consultas, planes de participación, consejos ciudadanos para la cultura o programas de apoyo a la participación, parece que se han ido quedando olvidados en cajones administrativos o entre los pliegues de programas políticos por realizar. Aunque el derecho a la participación cultural es un derecho que debería estar garantizado constitucionalmente (para una explicación más exhaustiva sobre los derechos de acceso a la cultura ver el magnífico artículo de Sergio Ramos Cebrián), parece que cada vez queda más lejos el ideal de una sociedad participada por proyectos de base comunitaria o proyectos políticamente autónomos nacidos para evidenciar la incapacidad de lo público para responder de forma generosa a su mandato de trabajar para el interés general desde una perspectiva democrática.

Partimos de la certeza de que un Estado democrático avanzado es una sociedad en la que la ciudadanía tiene un papel activo en la toma de decisiones sobre asuntos que la afectan. El Estado social, de esta forma, ha de facilitar la creación de mecanismos para escuchar y poder hacerse cargo de demandas y necesidades sociales, pese a que en muchos casos pueden resultar conflictivas o incluso antagonistas. La capacidad de negociar con la discrepancia nos dará indicadores claros del grado de democratización de una sociedad específica. Las instituciones, que deben garantizar estar al servicio de la mayoría de los ciudadanos, necesitan aprender a escuchar y trabajar con demandas nacidas a raíz de preocupaciones o malestares sociales. Es esta negociación y cooperación la que denominamos participación.

Uno de los grandes problemas que hemos visto estos últimos años es que se han multiplicado las consultas y redactado planes de políticas culturales públicas con llamamientos a la participación, pero en muy pocos de estos casos estos espacios o planes eran de carácter vinculante. Se llamaba a participar pero no había forma técnica de hacerse cargo de las expresiones del malestar ciudadano. Se escuchaba pero no había forma prevista para ver cómo una demanda, queja o necesidad, era acogida, trabajada y transformada en un cambio político o administrativo. Se invitaba a la autoorganización sin contar con mecanismos para hacerse cargo y respetar las decisiones tomadas fuera de la institución.

Se nos dibuja así una Administración a la defensiva. En ocasiones incapaz, por su rigidez, de facilitar las legítimas demandas del derecho a la participación. Y poco atenta o sensible a las condiciones materiales de los demandantes. No nos engañemos, para la ciudadanía la participación es cara, requiere de tiempo y atención, y no tardaron en salir colectivos y ciudadanos desengañados, que percibían que las consultas tenían más de performativo que de herramienta de inclusión política. Procesos de participación que no llevaban a sistemas más abiertos de deliberación o toma de decisiones, se percibieron como pantomimas de lo democrático. Nuestro primer aprendizaje fue, que si no hay cesión de poder, la participación es un simple enunciado.

Muchas de estas consultas o planes, si bien nacieron bienintencionados, se chocaron con una realidad social imprevista, apenas hay organizaciones de carácter cultural que no tengan un carácter sectorial capaces de expresar y acompañar la materialización de sus demandas. Si bien es verdad que existe ciertas organizaciones que representan los intereses de la patronal, las voces de los trabajadores/as de la cultura apenas tienen lugares de expresión. Así progresivamente, la participación pasó de buscar cómo cambiar estructuralmente el sector de la cultura, a convertirse en espacios para la opinión sobre contenidos de estructuras o instituciones ya existentes. Es una participación tímida, puesto que el cambio de contenidos no tiene correlación con la mejora institucional o estructural de un sector, la participación en este caso, era un pasatiempo caro para quienes se podían permitir no estar trabajando en sus proyectos.

Muchos ayuntamientos y organismos públicos adolecieron de la falta de preparación y formación técnica necesaria para generar y acompañar procesos participativos. Si bien es verdad que en algunos casos eso propició la entrada de empresas especializadas en mediación cultural, fueron muchos los casos que estas iniciativas se hicieron de forma bruta y temeraria. Gran parte de las demandas o necesidades ciudadanas se toparon con límites burocráticos o administrativos que no se supieron resolver. La administración, diseñada para funcionar de arriba-abajo apenas tenía mecanismos para entender y gestionar el abajo arriba. Asuntos legales, incertidumbre sobre competencias, falta de previsión o incapacidad para asignar presupuestos torpedearon o ralentizaron algunos de los procesos participativos más interesantes. La incapacidad para ver resultados o los contratiempos técnicos constantes lograron disuadir incluso a las organizaciones más fuertes de ejercer su derecho a la participación.

Por otra parte, en ocasiones la ciudadanía se encontró con responsables técnicos con muy buena formación, pero con una desconfianza absoluta en la capacidad de organización ciudadana. En otros casos, desde cultura faltó atender al bagaje de otras áreas de la propia administración con mejor tradición y preparación en este tema. Una administración acostumbrada a tutelar a las personas, estaba poco preparada mentalmente para aceptar ser guiada por necesidades impuestas desde abajo. De esta forma las demandas legítimas fueron obstaculizadas con principios legales. Con normativas que no se querían leer con generosidad. Con impedimentos técnicos. Con desconfianza y reticencias.

La tensión legalidad-legitimidad ha sido uno de los problemas políticos más importantes que se han encontrado los llamados gobiernos del cambio, y poco han podido hacer para revertir una relación de poder que claramente tendía a infantilizar y menospreciar la capacidad de organización social. Pese a que muchas personas estaban ejerciendo su derecho a participar en la vida cultural de sus ciudades, políticos poco audaces se parapetaron tras requerimientos administrativos, técnicos, legales y jurídicos, para evitar complicarse la vida gestionando el disenso cultural. Esto se podría resumir con el famoso, -Muy interesante esto que decís chavales, ¿por qué no montáis una asociación para que os podamos convocar y hablarlo?.

Es una buena noticia constatar que durante estos últimos años la noción de precariedad ha saltado de los ámbitos más activistas al mainstream cultural, en parte debido al maravilloso libro de Remedios Zafra. Lamentablemente, por mi experiencia, la precariedad se ha convertido en una muletilla que justifica conductas, pero no llama a cambiarlas. La precariedad ha servido para justificar que primaran los intereses personales sobre los comunitarios, que personas ocuparan cargos de compañeros destituidos de forma injusta, o que comportamientos poco solidarios se justifiquen debido a la precariedad económica de la persona. Así, la precariedad sirve para explicar porque en cultura hay tanto free rider, pero la consciencia de esta precariedad no ha servido hasta el momento y contando excepciones muy específicas, como estímulo para organizarse y empezar a combatirla. De igual forma, es importante notar que las instituciones que convocaban a la participación ciudadana, no siempre han tenido en cuenta la precariedad económicamente de muchos ciudadanos y ciudadanas, organizando sesiones en horarios imposibles, sin servicio de guardería, sin medidas para garantizar la asistencia de personas con diversidad funcional o psíquica, etc. Esto a la larga ha contribuido que quienes participaban se parecieran demasiado sociológicamente a quienes convocaban.

Por último y de forma más importante, no es casualidad que el nacimiento de las políticas culturales tenga que ver con la necesidad de los Estados por integrar y mitigar formas de conflictividad social. La cultura es ese bálsamo que puede calmar antagonismos y normalizar tensiones sociales. Reducir conflictos sociales y armonizar a la ciudadanía. Siguiendo esta lógica de la cultura como recurso, de nuevo, hemos visto en estos últimos años como muchos de los programas se han usado para intentar acallar o neutralizar disidencias o tensiones políticas. Repartiendo juego, dando visibilidad o realizando encargos monetarios específicos a sujetos con una marcada trayectoria crítica, la participación ha servido para apaciguar descontentos. Ha servido de herramienta política para mitigar conflictos.

Decíamos que la participación cultural es un derecho de la ciudadanía y no un mecanismo de gestión de la disidencia. Para evitar que la participación devenga un recurso al servicio de la gubernamentalidad, es importante aprender y diseñar formas para incentivar la participación incluso de quienes tensionen, cuestionen o antagonicen con las instituciones públicas. Cuando la participación sirva para negociar espacios de poder y no como un proveedor de contenidos para programas públicos, estaremos cerca de este objetivo de democratizar nuestras instituciones ejerciendo nuestros derechos.

Artículo originalmente publicado en la revista Nativa, Febrero 2020

Comentario sobre el libro “CT o la cultura de la transición”

http://grooveshark.com/s/La+Muralla+es+Un+Crimen/4MxaxX?src=5

Aprovechando la tranquilidad del verano y resguardado por la sombra de unos pinos he podido leerme un libro que llevaba ya un par de meses en mi mesita de noche y en el que tenía muchas ganas de meterme. En “CT o la cultura de la transición” se compilan una veintena de artículos con los que se busca dar forma y cuerpo al concepto de la CT, una nueva categoría pensada para analizar la cultura acontecida en el Estado español durante los últimos 35 años, como se apunta en el propio subtítulo. Pese a ser consciente que los textos que integran esta obra son bastante desiguales y apuntan a multitud de problemáticas y direcciones diferentes me apetece compartir algunas dudas que me ha suscitado su lectura.

 
Una de las cosas que más me ha llamado la atención es el uso hiperbólico de la noción de cultura que se hace en el libro. Al hablar de CT se unifican una serie de prácticas y objetos culturales dispares y heterogéneos, que si bien es verdad que acontecen durante los últimos 35 años en el Estado español, son lo suficientemente peculiares como para poner en crisis esta noción unificadora. La CT aparentemente sirve para interpretar y vincular bajo una misma lógica a escenas musicales cómo la movida madrileña, el rock bravú gallego, el rock catalán, el bacalao valenciano o el rock radical vasco así como el indie, el hip-hop, el reggaeton o el pop que alimenta a los Cuarenta Principales, por citar sólo unos ejemplos en el entorno musical. Podríamos realizar este ejercicio en el entorno del arte, teatro, circo, danza, literatura, moda, diseño gráfico, cine, prácticas urbanas, subculturales, etc. y el panorama cultural homogéneo que presenta el libro quedaría seriamente en entredicho. En ocasiones es tan evidente cómo se olvidan ciertos nombres o prácticas para que el concepto funcione que una se pregunta si la misma lógica del olvido que se denuncia en este libro se pone en marcha por el bien del discurso.

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