FAMILIAS de la cultura

Esta semana llegaba una noticia importante para el mundo de la cultura. Finalmente Fèlix Millet i Tusell, el saqueador confeso del Palau de la Música, ha entrado en prisión. En paralelo una noticia más triste que también afecta al sector cultural ha pasado más desapercibida : desde el Teatre Lliure se organizaba el primer reparto de alimentos para profesionales del mundo del espectáculo afectados por la crisis desatada tras la COVID-19. Unas 30 familias de músicos y músicas, actores y actrices, técnicos y técnicas de las artes y del espectáculo han podido recibir una caja con alimentos recogidos desde una iniciativa, ActúaAyudaAlimenta, nacida para contribuir a mitigar la pobreza del sector. Millet, miembro de una FAMILIA ilustre, logró desviar y beneficiarse de más de 35 millones de euros (de los cuales 3,3 millones de euros eran provenientes de subvenciones y fondos públicos) mientras los trabajadores del sector no llegan a final de mes. Uno no puede dejar de preguntarse si entre estas dos noticias sólo hay correlación temporal o también hay causa. 

Millet amigo de otras FAMILIAS ilustres, aprovechó su cargo como presidente del Palau de la Música para lucrarse y beneficiar a los suyos. Se dedicó a trapichear e intercambiar favores con miembros de otras FAMILIAS ilustres que ocuparon y siguen ocupando lugares de poder desde los patronatos y puestos de dirección de instituciones públicas. Millet no tan sólo fué presidente de Fundación Orfeón Catalán – Palacio de la Música Catalana. A su vez ocupó un lugar en el patronato del Institut Catalunya Futur, la rama catalana de la FAES el mismo año que recibió un incremento presupuestario de 3.000.000 de euros del Ministerio de Cultura del gobierno español, en esos momentos presidido por José María Aznar. Millet, igualmente era presidente de BANKPIME banco participado por Agrupació Mútua que también presidía. Fue miembro de la Fundació Pau Casals, del Liceo y vicepresidente tercero de la Fundación Fútbol Club Barcelona. Las FAMILIAS se van encontrando en despachos y en los lugares en los que se toman decisiones importantes. 

Los 80 trabajadores de la cultura que se han acogido al programa de distribución de alimentos pertenecen a familias que no se sientan en consejos de dirección ni presiden fundaciones. Nunca tienen acceso a los lugares en los que se toman decisiones presupuestarias. Son trabajadores y trabajadoras que no pueden participar de las decisiones que de forma directa afectarán al bienestar de sus vidas y las de sus familias. No manejan ni distribuyen las cantidades ingentes de dinero que controlan las otras FAMILIAS. No son ni hijos de, amigos de, ni conocen a. No reciben grandes distinciones ni cargos de honor en patronatos de los que se pueden lucrar. Son las familias a los que les han dicho que no son suficiente emprendedoras, que la subvención que pidieron el año pasado y por la que recibieron 1.200 euros está mal justificada. Son las familias de las que se sospecha desde la administración. Se les reprocha no entrar en programas de impulso a las industrias culturales. Industrias que siguen controladas por las otras FAMILIAS que parten, reparten y siempre se quedan la mejor parte. 

Y mientras debatimos si es más importante la participación, la sindicación o el acceso a la cultura, los patronatos siguen copados por FAMILIAS, que toman decisiones que afectarán a las otras familias. Porque el problema que tiene la cultura es un problema de clase y de clasismo. De desigualdad de oportunidades y de condiciones. De corrupción y de corruptelas. De distancia física y simbólica entre quienes toman decisiones y de quienes la sufren. De falta de mecanismos de control institucional y opacidad administrativa. Porque mientras los patronatos, los consejos de dirección y las presidencias de las fundaciones sigan estando en manos de las FAMILIAS, el sector cultural estará abocado a la precariedad, a la pobreza y a la injusticia.

Cuando ni la música amansa a las fieras

La película 24h Party People relata el auge y decadencia de una de las escenas musicales y creativas más importantes de finales del siglo XX. La escena de Manchester, que consagró a un número importante de bandas de clase trabajadora del norte de inglaterra. Grupos como los Happy Mondays, Joy Division, Stone Roses, Primal Scream, A Certain Ratio, New Order, etc. transformaron el imaginario social y cultural de la ciudad. La película empieza con planos reales de un concierto que dieron los Sex Pistols, el grupo punk londinense por excelencia en una sala de conciertos pública, el Lesser Free Trade Hall, al que tan sólo acudieron 42 personas. Programar ese concierto fue un acto de temeridad (jugársela por un grupo que sube al escenario borracho y se caga en la reina requiere valor) y un fracaso si tenemos en cuenta las entradas vendidas. Sin embargo el concierto fue el detonante para que se formaran muchas de las bandas cuya música aún podemos disfrutar. Casi todos los asistentes acabarían involucrados de una forma u otra en la escena musical de la ciudad. Es lo que tiene la cultura, por lo general no es razonable, no se rige por la razón, sin embargo es afectiva, genera afección. Contagia. Conmueve y por eso, transforma. Predecir las consecuencias que puede tener un actividad cultural requiere de una clarividencia que muchos desearían tener. Por eso tantas cosas salen mal, por eso es tan importante la experimentación cultural.

El crítico cultural marxista Raymond Williams escribió que la cultura genera “estructuras de sentir”, es decir, nos ayuda a dar forma a lo que sentimos de forma colectiva. Produce imaginarios compartidos que nos ayudan a hacernos cargo de la realidad. Transforma lo íntimo en materia común. Por eso existe tanto interés por hacerse con la hegemonía cultural. En hacerse con esa herramienta capaz de transformar el malestar en alegría, la esperanza en rabia, la desilusión en esperanza o la soledad en comunidad. Hay canciones que nos recuerdan al verano perfecto, cuadros que nos conmueven y no sabemos bien porque. Festivales que nos recuerdan a nuestros amigos o películas que nos ayudan a entender conflictos que no hemos logrado resolver. Las estructuras de sentir marcan el tono afectivo de los grupos sociales. Por eso, tomar decisiones en este momento de crisis, en este momento que el tono afectivo general es de bajón, requiere valor. Requiere tacto. Requiere cuidado, pero también requiere determinación. 

Crear recuerdos colectivos, abrir horizontes de esperanza, hacer que esta crisis se viva de una forma un poco menos individual, es un regalo para esta sociedad entristecida, resentida y confinada. Seguro que programar conciertos, abrir espacios de cuidado y transformación, siempre se puede hacer mejor. Pero la cultura de Barcelona no puede estar supeditada a lo que opinen algunas voces que se piensan sector cultural. El interés general siempre ha tenido que asumir que no puede satisfacer a todos los intereses particulares. En este caso, voces que ni representan ni pueden hablar desde cierta colectividad. Se sienten legitimados porque se dedican a la cultura pero los argumentos que presentan suenan a veces muy interesados, a veces incluso un poco snob. Nadie puede saber cómo afectará al público una obra de teatro, una actuación de circo, como nos interpelará una canción. Por eso en cultura, a veces hay que tomar decisiones sin tener todas las certezas, sin contar con todos los datos, tomar decisiones desde el corazón. Arriesgarse a meter la pata, porque haga lo que se haga, para alguien siempre estará mal. 

Si te pudiera mandar un mensaje, Ada, te diría gracias por pensar en nosotros. Gracias por pensar en nuestro bienestar. Por intentar cuidarnos y animarnos. Por hacer lo posible por que no vivamos este encierro en soledad. Por intentar abrir horizontes de deseo y de placer. Y cuando tomes decisiones, te ruego que seas valiente. Que lo hagas desde el corazón. Que recuerdes que hay muchas personas que no viven en las redes. Muchos ciudadanos/as que no soportan meterse en ese lodazal. Que hay mucha gente que sabe cómo deberían hacerse las cosas, pero por lo general sólo se dedican a opinar. En medio de una crisis, no me puedo imaginar a las y los sanitarios ŕenunciando a cuidarnos porque las condiciones para hacerlo no sean las óptimas. Que renunciaran a cuidar de nuestra salud porque las cosas se podían haber hecho mejor. Por eso salimos cada tarde a aplaudir su sentido de la responsabilidad. Creo firmemente que en este momento es importante convertir el resentimiento en alegría. Hay malestares que solo los quita un buen baile, y esta ciudad triste necesita un buen meneo, un poco menos de amargura, un poco más de amor. Creo que en cultura hay algo peor que hacer una cosa mal y recibir críticas por ello, y es dejar de hacer por miedo a quienes te criticarán. Gracias por intentarlo. La próxima vez saldrá mejor.   

Cuando participar no es ganar

Me preguntaba recientemente un conocido, no sin cierta sorna, porque consideraba yo que habían desaparecido o se habían malogrado muchos de los planes y proyectos de incentivo de la participación cultural, de los que tanto se hablaron tan sólo hace unos años y que habían puesto en marcha responsables de las áreas de cultura de diferentes ciudades del Estado.

Y es que a pesar de algunos casos de éxito (importante destacar el reconocimiento al proyecto de La Harinera de Zaragoza con el Eurocities Awards 2019), muchos de las consultas, planes de participación, consejos ciudadanos para la cultura o programas de apoyo a la participación, parece que se han ido quedando olvidados en cajones administrativos o entre los pliegues de programas políticos por realizar. Aunque el derecho a la participación cultural es un derecho que debería estar garantizado constitucionalmente (para una explicación más exhaustiva sobre los derechos de acceso a la cultura ver el magnífico artículo de Sergio Ramos Cebrián), parece que cada vez queda más lejos el ideal de una sociedad participada por proyectos de base comunitaria o proyectos políticamente autónomos nacidos para evidenciar la incapacidad de lo público para responder de forma generosa a su mandato de trabajar para el interés general desde una perspectiva democrática.

Partimos de la certeza de que un Estado democrático avanzado es una sociedad en la que la ciudadanía tiene un papel activo en la toma de decisiones sobre asuntos que la afectan. El Estado social, de esta forma, ha de facilitar la creación de mecanismos para escuchar y poder hacerse cargo de demandas y necesidades sociales, pese a que en muchos casos pueden resultar conflictivas o incluso antagonistas. La capacidad de negociar con la discrepancia nos dará indicadores claros del grado de democratización de una sociedad específica. Las instituciones, que deben garantizar estar al servicio de la mayoría de los ciudadanos, necesitan aprender a escuchar y trabajar con demandas nacidas a raíz de preocupaciones o malestares sociales. Es esta negociación y cooperación la que denominamos participación.

Uno de los grandes problemas que hemos visto estos últimos años es que se han multiplicado las consultas y redactado planes de políticas culturales públicas con llamamientos a la participación, pero en muy pocos de estos casos estos espacios o planes eran de carácter vinculante. Se llamaba a participar pero no había forma técnica de hacerse cargo de las expresiones del malestar ciudadano. Se escuchaba pero no había forma prevista para ver cómo una demanda, queja o necesidad, era acogida, trabajada y transformada en un cambio político o administrativo. Se invitaba a la autoorganización sin contar con mecanismos para hacerse cargo y respetar las decisiones tomadas fuera de la institución.

Se nos dibuja así una Administración a la defensiva. En ocasiones incapaz, por su rigidez, de facilitar las legítimas demandas del derecho a la participación. Y poco atenta o sensible a las condiciones materiales de los demandantes. No nos engañemos, para la ciudadanía la participación es cara, requiere de tiempo y atención, y no tardaron en salir colectivos y ciudadanos desengañados, que percibían que las consultas tenían más de performativo que de herramienta de inclusión política. Procesos de participación que no llevaban a sistemas más abiertos de deliberación o toma de decisiones, se percibieron como pantomimas de lo democrático. Nuestro primer aprendizaje fue, que si no hay cesión de poder, la participación es un simple enunciado.

Muchas de estas consultas o planes, si bien nacieron bienintencionados, se chocaron con una realidad social imprevista, apenas hay organizaciones de carácter cultural que no tengan un carácter sectorial capaces de expresar y acompañar la materialización de sus demandas. Si bien es verdad que existe ciertas organizaciones que representan los intereses de la patronal, las voces de los trabajadores/as de la cultura apenas tienen lugares de expresión. Así progresivamente, la participación pasó de buscar cómo cambiar estructuralmente el sector de la cultura, a convertirse en espacios para la opinión sobre contenidos de estructuras o instituciones ya existentes. Es una participación tímida, puesto que el cambio de contenidos no tiene correlación con la mejora institucional o estructural de un sector, la participación en este caso, era un pasatiempo caro para quienes se podían permitir no estar trabajando en sus proyectos.

Muchos ayuntamientos y organismos públicos adolecieron de la falta de preparación y formación técnica necesaria para generar y acompañar procesos participativos. Si bien es verdad que en algunos casos eso propició la entrada de empresas especializadas en mediación cultural, fueron muchos los casos que estas iniciativas se hicieron de forma bruta y temeraria. Gran parte de las demandas o necesidades ciudadanas se toparon con límites burocráticos o administrativos que no se supieron resolver. La administración, diseñada para funcionar de arriba-abajo apenas tenía mecanismos para entender y gestionar el abajo arriba. Asuntos legales, incertidumbre sobre competencias, falta de previsión o incapacidad para asignar presupuestos torpedearon o ralentizaron algunos de los procesos participativos más interesantes. La incapacidad para ver resultados o los contratiempos técnicos constantes lograron disuadir incluso a las organizaciones más fuertes de ejercer su derecho a la participación.

Por otra parte, en ocasiones la ciudadanía se encontró con responsables técnicos con muy buena formación, pero con una desconfianza absoluta en la capacidad de organización ciudadana. En otros casos, desde cultura faltó atender al bagaje de otras áreas de la propia administración con mejor tradición y preparación en este tema. Una administración acostumbrada a tutelar a las personas, estaba poco preparada mentalmente para aceptar ser guiada por necesidades impuestas desde abajo. De esta forma las demandas legítimas fueron obstaculizadas con principios legales. Con normativas que no se querían leer con generosidad. Con impedimentos técnicos. Con desconfianza y reticencias.

La tensión legalidad-legitimidad ha sido uno de los problemas políticos más importantes que se han encontrado los llamados gobiernos del cambio, y poco han podido hacer para revertir una relación de poder que claramente tendía a infantilizar y menospreciar la capacidad de organización social. Pese a que muchas personas estaban ejerciendo su derecho a participar en la vida cultural de sus ciudades, políticos poco audaces se parapetaron tras requerimientos administrativos, técnicos, legales y jurídicos, para evitar complicarse la vida gestionando el disenso cultural. Esto se podría resumir con el famoso, -Muy interesante esto que decís chavales, ¿por qué no montáis una asociación para que os podamos convocar y hablarlo?.

Es una buena noticia constatar que durante estos últimos años la noción de precariedad ha saltado de los ámbitos más activistas al mainstream cultural, en parte debido al maravilloso libro de Remedios Zafra. Lamentablemente, por mi experiencia, la precariedad se ha convertido en una muletilla que justifica conductas, pero no llama a cambiarlas. La precariedad ha servido para justificar que primaran los intereses personales sobre los comunitarios, que personas ocuparan cargos de compañeros destituidos de forma injusta, o que comportamientos poco solidarios se justifiquen debido a la precariedad económica de la persona. Así, la precariedad sirve para explicar porque en cultura hay tanto free rider, pero la consciencia de esta precariedad no ha servido hasta el momento y contando excepciones muy específicas, como estímulo para organizarse y empezar a combatirla. De igual forma, es importante notar que las instituciones que convocaban a la participación ciudadana, no siempre han tenido en cuenta la precariedad económicamente de muchos ciudadanos y ciudadanas, organizando sesiones en horarios imposibles, sin servicio de guardería, sin medidas para garantizar la asistencia de personas con diversidad funcional o psíquica, etc. Esto a la larga ha contribuido que quienes participaban se parecieran demasiado sociológicamente a quienes convocaban.

Por último y de forma más importante, no es casualidad que el nacimiento de las políticas culturales tenga que ver con la necesidad de los Estados por integrar y mitigar formas de conflictividad social. La cultura es ese bálsamo que puede calmar antagonismos y normalizar tensiones sociales. Reducir conflictos sociales y armonizar a la ciudadanía. Siguiendo esta lógica de la cultura como recurso, de nuevo, hemos visto en estos últimos años como muchos de los programas se han usado para intentar acallar o neutralizar disidencias o tensiones políticas. Repartiendo juego, dando visibilidad o realizando encargos monetarios específicos a sujetos con una marcada trayectoria crítica, la participación ha servido para apaciguar descontentos. Ha servido de herramienta política para mitigar conflictos.

Decíamos que la participación cultural es un derecho de la ciudadanía y no un mecanismo de gestión de la disidencia. Para evitar que la participación devenga un recurso al servicio de la gubernamentalidad, es importante aprender y diseñar formas para incentivar la participación incluso de quienes tensionen, cuestionen o antagonicen con las instituciones públicas. Cuando la participación sirva para negociar espacios de poder y no como un proveedor de contenidos para programas públicos, estaremos cerca de este objetivo de democratizar nuestras instituciones ejerciendo nuestros derechos.

Artículo originalmente publicado en la revista Nativa, Febrero 2020