Bestiario de la cultura: derechos fantasma y empresas ficción

(borrador del artículo aparecido en el número 7 de la revista Red Escénica Diciembre 2017)

bestiarioNadie va a sorprenderse ni a escandalizarse si comenzamos afirmando que las condiciones de vida y de trabajo de gran parte de las personas que se dedican a las artes y a la cultura en el Estado español son precarias. No son pocos los informes y estudios de reciente aparición 1 que desacreditan tradicional fascinación con la idea de la cultura como motor económico y subrayan la fragilidad laboral de quienes se dedican a la creación. Si además situamos la precariedad sobre otros ejes de discriminación existentes como el género, la raza o el origen social, emerge un panorama aún más desalentador. Quizás por esto mismo, apenas existen estudios que se ocupen de este asunto en detalle ni desde una perspectiva interseccional2. Esta realidad, sumada a la incapacidad, o falta de voluntad, de los distintos gobiernos para introducir políticas culturales capaces de transformarla, hace que tanto para la ciudadanía como para quienes son profesionales de la cultura, esta se perciba como un problema. Entre la primera, termina imperando el imaginario de que los profesionales de la cultura son un conjunto de “enchufados” que viven de subvenciones sin dar palo al agua. Para los segundos, la situación se vuelve más confusa aún: se entremezclan lo industrial, lo vocacional, el mercado y el deseo produciendo combinaciones cuando menos curiosas, y, en algunas ocasiones, directamente aberrantes. Aquí vamos a tratar de explorar por qué ocurre esto.

Todas las personas tenemos derecho a acceder a la cultura. El derecho a la cultura es un derecho constitucional, es decir, un derecho fundamental, que nos ampara a todas y todos los sujetos del Estado español. El catedrático Marcos Vaquer ha planteado una útil división de este derecho general en dos conjuntos de derechos de distinto cariz: los de creación y los de producción.

El primer caso hace referencia a la garantía de que todas las personas podamos expresarnos, comunicar preocupaciones estéticas, acceder a lenguajes y símbolos, y hacer uso de ellos. Todas el derecho a componer una canción, escribir un relato, pintar un cuadro, componer un poema, diseñar una performance, escribir un guión, etc. En las propias palabras de Vaquer en su obra “Estado y cultura”, la cultura es “un derecho individual fundamental a la creación y a la expresión cultural y en un interés colectivo o social de disfrute del patrimonio cultural”(Vaquer, 1998: 97). Nadie puede ni debe coaccionar nuestra voluntad expresiva o creativa. Así, los derechos de creación se complementan con el derecho a la libertad de expresión. En el Estado, por su parte, recaería la obligación de crear una serie de instituciones que garanticen el derecho de todas y todos a acceder a los imaginarios artísticos o creativos comunes, a los archivos de nuestra memoria colectiva. Tal es, en parte, la función de museos, bibliotecas, teatros, auditorios, etc. Nadie es capaz de crear en la más absoluta individualidad, sin establecer un diálogo, más o menos evidente, con otras creaciones existentes. Por ello es importante poder acceder a nuestro acervo cultural compartido.

Los derechos de producción, en cambio, tienen fines diferentes. Todas las personas que emprenden un proceso de creación cultural desean que el producto final de ese proceso, su obra, sea comunicada a los demás de una forma u otra. Tal y como lo explica Vaquer, “el interés general de la creación cultural está, evidentemente, en su comunicación a la sociedad, en su integración en el patrimonio cultural común, por lo que el derecho que la tutela sólo cumple su fin institucional si acompaña al autor hasta la expresión de lo creado”(Vaquer, 1998: 190). Así, los derechos de producción entran en vigor una vez ha sido creada la obra para garantizar a los autores y autoras la comunicación de su trabajo a un público. Y en este punto, de forma poco misteriosa y muy intencionada, se introduce el mercado como el mecanismo que permite y facilita esta comunicación. Lo que se introduce en la ecuación es una lógica discutible: para que cualquier obra tenga un impacto social requiere de la intervención del mercado, capaz de mediar entre el creador o la creadora y el resto de las personas. Y en función de esa lógica se ha ido definiendo un marco legislativo de derechos privativos que comprende, entre otros, los derechos de autor, que permiten que una obra artística o de carácter creativo pueda gozar de una vida económica.

Si hacemos un repaso por el conjunto de las políticas culturales que se han ido desarrollando en el Estado español en los últimos años, veremos cómo muchas de ellas se han centrado en promover la producción de la cultura y no tanto la creación. Planes de emprendizaje, industrias culturales y creativas, viveros o incubadoras de empresas creativas, programas de internacionalización…, todo ello medidas que dan por sentado la creación y que ponen el énfasis en un concepto de la cultura como producto que ha de ser lanzado al mercado. Esa es la lógica que sigue la promoción privilegiada de los derechos de propiedad intelectual como mecanismo para extraer una renta de los trabajos de creación. Este proceso se encuadra a la perfección en la visión neoliberal de la cultura como recurso económico puesto al servicio del desarrollo regional. En él los creadores han pasado a ser clases creativas3, los artistas deben presentarse como emprendedores, y los indicadores de impacto económico de la cultura se han consolidado como la forma más ortodoxa de evaluar un producto o actividad cultural. A raíz de ello, los derechos de producción se han visto reforzados sobremanera, y se ha producido una descompensación relativa a los derechos de creación, que no se han visto acompañados por grandes medidas ni nuevas políticas para garantizar su cumplimiento.

En este proceso de impulso y crecimiento de las industrias culturales y creativas como modelo de desarrollo para la cultura, los artistas, actores y actrices, escritoras y escritores, etc. se vieron obligados, paulatinamente, a disfrazarse de empresarios para poder optar a mecanismos de financiación. Los programas de subvenciones, cada vez más exiguos, se fueron sustituyendo por créditos para empresas culturales. Por su parte, las administraciones y los gobiernos locales dejaron de contratar a asociaciones culturales para llevar a cabo la organización de actos y actividades culturales y empezaron a dar prioridad a las empresas. Ese fue el momento del boom de las empresas de gestión y producción cultural que caracteriza la primera década del siglo XXI en el Estado español, el momento en el que las creadoras y los creadores dejaron de ofrecer contenidos y empezaron a ofrecer servicios. Proliferaron también, entonces, las microempresas y los trabajadores autónomos de la cultura. Eso sí, sin un marco fiscal adecuado ni un estatuto propio que acompañara a esta transformación. A causa de ello, fuimos testigos de la aparición de numerosas falsas empresas. Falsas no porque carecieran de CIF o porque dejaran de tributar, técnicamente eran empresas, ciertamente, eran falsas porque sus integrantes apenas tenían una vocación o intención empresarial. Eran empresas de forma, no de espíritu. Se trataba de devenir empresa como una estrategia de supervivencia. Eran empresas ficción: colectivos, asociaciones, peñas y demás, que, para no perder capacidad de interlocución con las administraciones (y recordemos que estas constituyen uno de los principales consumidores de servicios culturales), tuvieron que hacerse pasar por empresas. Eran agentes culturales que se disfrazaron de empresa para poder acceder a un mayor número de convocatorias de financiación, pero carecían de un horizonte de crecimiento y de un deseo empresarial claro. El resultado de este proceso fue, paradójicamente, que en lugar de producirse un tejido de industrias culturales, lo que creció en el Estado español fue un sistema de “chiringuitos culturales”, empresillas de postín. Y generó un “sector” integrado mayoritariamente por autónomos de la cultura, microempresas y una decena de empresas, algo más grandes, que en demasiadas ocasiones tenían como rasgo característico su cercanía a alguna de las administraciones que gobernaban regiones o ayuntamientos.

Nuestro pelotazo cultural particular fue también nuestra máquina de producir precariedad. Unas falsas empresas concurrían en un falso mercado superpoblado de creadores que se vestían de empresario para interactuar con las administraciones. Un paisaje de creadores que se hacen pasar por productores y microempresas y autónomos que malviven bajo la sospecha continua de no ser lo bastante empresarios, justificando constantemente las escasas ayudas conseguidas y obligados a redactar memorias imposibles en las que tenían que justificar el impacto cultural, económico y social de unos proyectos mal financiados y, habitualmente, incomprendidos por las administraciones. El del festival se convirtió en el formato ideal, apoyado sin mucha discusión por ayuntamientos y gobiernos locales. Los grandes recursos, esos que provenían de los planes de desarrollo, no se destinaron nunca a fortalecer los tejidos creativos, sino a construir grandes contenedores de cultura que nunca llegaron a llenarse del todo y que así siguen, a la espera de un plan y una financiación que no termina de llegar. Son los aeropuertos sin aviones de la cultura, rodeados de chiringuitos culturales y fomentando la aparición de festivales con los que puedan maquillarse sus dudosas cifras de uso. Por su parte, tampoco parece que estos festivales hayan sido la panacea por lo que refiere a los derechos laborales de trabajadores y artistas. A menudo, como se ha denunciado, se dan situaciones de irregularidad en la contratación (incluso prácticas abusivas)4, infraremuneración, inseguridad y, casi sistemáticamente, una enorme brecha en términos de paridad y representación de género5.

Hasta tal punto llegó a calar esta idea de que todos somos productores que, una vez llegada la crisis, las pocas demandas o formas de articulación política en torno a la cultura tuvieron que ver casi únicamente con la disputa por el IVA cultural. La cultura dejó, así, de defenderse como derecho social, como elemento transversal y como conjunto de derechos de la ciudadanía cuya pérdida hay que combatir, y lo único que entonces pareció tener la capacidad de aglutinar a ese conglomerado de intereses heterogéneos que, no sin sorna, se denomina el “sector cultural” fue un cambio tributario que, a todas luces, afectaba solo a las grandes empresas de la cultura. Pero, claro, lo importante es continuar con la ficción. Todos y todas, artistas, actores, actrices, poetas, coreógrafas, bailarines, escritoras y blogueros, somos empresarios culturales. Y así llegamos a la presente situación, falsas empresas defendiendo un mercado ficticio y concurriendo con otras falsas empresas en un intento desesperado por salvar la dignidad. Creadores y creadoras que se creen patronal y boicotean la posibilidad de que aparezcan organizaciones de carácter sindical. Una clase media aspiracional dispuesta a defender su parcela de visibilidad aunque se dejen la salud, la estabilidad y el respeto de sus pares en el empeño. Una huida constante hacia adelante, en un intento por salvar parte del sueño, o delirio, colectivo que nos contamos una vez.

Y aquí estamos, viendo cómo se derrumba un paradigma pero sin acabar de vislumbrar cómo podemos empezar a construir el siguiente. Con nostalgias de un pasado en el que parecía que esto podía funcionar y con miedo a que lo que venga sea incluso peor. Con los cuerpos cansados de reinvenciones y de promesas incumplidas. Metidos en discusiones estériles en torno a si esto es un ecosistema o un sector. Testigos de políticas culturales que ponen el énfasis en una idea abstracta de participación pero que no van a la raíz del problema. Viendo como se van reduciendo nuestros derechos, sabiendo que si un derecho no se puede ejercer, en realidad no se tiene, son derechos fantasma. Por ello, es el momento de reivindicar un acceso radical a la cultura que entienda la cultura como un espacio de creación y de producción, pero también como un modo de vida. Como un lugar para la experimentación estética, social y política. Como un ámbito en el que no todo puede estar sometido a lógicas de mercado ni al capricho de la creatividad individual. Como un espacio de crítica, de antagonismo simbólico, de producción de imaginarios y vidas, de vidas en común. Únicamente recuperando nuestro derecho a la cultura podremos empezar a exponer la falsedad de la ficción que nos han contado. Ese relato en el que todos somos productores y productoras, en que el lugar de la cultura es el libre mercado y en el que debemos competir entre nosotros en vez de cooperar. Un relato que dibuja un entorno sin lugar para el compromiso y regido por el deseo individual. Tenemos que dibujar un nuevo marco de derechos en el que creación, vida y producir, no compitan. Derechos de base comunitaria, derechos colectivos que garanticen una vida digna a sujetos y a comunidades. En definitiva, es el momento de reclamar nuestro derecho de acceso a la cultura entendida como un común.

Posted in textos | Tagged , , | Leave a comment

Por qué me gusta el proyecto Nativa

Es de sobra sabido que el proyecto Nativa no está pasando por su mejor momento. En los últimos meses, este espacio de crítica y reflexión cultural ha visto cómo los ingresos que recibía en forma de subvención pública se han reducido dramáticamente, poniendo en crisis la sostenibilidad del proyecto. Nativa es una víctima más de unas políticas culturales que, con sus miras estrechas, se empeñan en priorizar unas industrias culturales que además son inexistentes, y van dejando caer por el camino proyectos de carácter crítico, experimental o que resultan menos vistosos o fotogénicos en términos de marketing de ciudad. Unas políticas culturales que priman la inmediatez y lo espectacular, y que en su desarrollo están presas en la nostalgia de una economía de la cultura que nunca llegó a ser (esa que tenía que estar plagada de emprendedores e industrias creativas). Unas políticas culturales que recelan de todos aquellos proyectos ingobernables que producen saberes críticos, fomentan debates, cuestionan hegemonías y transmiten inquietudes.

Nativa ha conseguido congregar en torno a su proyecto a algunas de las personas que más admiro y a las que más leo para entender el presente de la cultura. Ha contado con colaboradoras y colaboradores de la talla de Lucía Lijtmaer, Marina Garcés, Rubén Martínez, Nando Cruz, Elena Fraj, Xavier Cervantes, Aida Sánchez de Serdio, Ramón Faura, y con una lista larga de articulistas, activistas, pensadores diletantes y bárbaros de la cultura entre los que he tenido la suerte de poder estar en alguna ocasión. Personas que encarnan prácticas diferentes y con las que no siempre estoy de acuerdo. Personas comprometidas con la crítica cultural. Así, una de las cosas que más aprecio del proyecto Nativa es que ha conseguido zafarse de una de las tiranías contemporáneas a las que se enfrenta cualquier medio en el que se escriba sobre cultura: en todo momento Nativa ha evitado que las opiniones publicadas en ese medio buscaran la polémica o la controversia fácil. Es más, siempre se ha evitado con elegancia crear titulares engañosos o alarmistas que roben con malas artes la atención de unos navegantes ya abrumados por historias y reclamos. Está claro que, en la economía de los clicks, es más rentable ser un trol que da bastonazos que empeñarse en afinar un análisis en profundidad. Nativa es austera, sincera y de digestión lenta. Y todo ello es de agradecer.

Del mismo modo, en un momento en el que la crítica cultural, tanto de derechas como de izquierdas, ha perdido todo interés por el análisis político y ha optado por entregarse al juicio moral, se agradece que las páginas de Nativa no estén repletas de esos ejercicios de escarnio públicos, ni de esas acusaciones de falta de compromiso que últimamente vemos y que se expresan rotundamente, como si trabajar en cultura estuviera libre de contradicciones. Este reciente fenómeno es tan goloso como inútil. La derecha se ha hecho fuerte en la defensa de los valores tradicionales y desde allí lanza su ataques y libra sus guerras culturales, destinadas a fijar sus privilegios y a definir claramente quién está del lado de la norma, de lo normal. La izquierda cultural, por su parte, se ha obsesionado con conquistar la hegemonía en lugar de retarla, en lugar de poner en evidencia su pretendida normalidad, en lugar de desacreditarla, criticarla y hacerla pedazos. Para ello, la crítica cultural de izquierdas se ha metido en un pozo sin salida: el juicio moral de la cultura. De pronto, un baremo invisible determina quién está suficientemente comprometido/a con la causa y a quién hay que mandar a arder. Lamentablemente este juicio no tiene otra base que el subjetivismo más miope y desenfocado. En lugar de realizar un verdadero análisis cultural, se ha hecho fuerte la crítica que se basa en las apariencias y las formas. Por suerte, la política de la cultura va más allá de lo que enuncia, de lo que aparenta, de lo que denuncia. Pero la moralina esto no lo ve, absorta como está con dar zascas y emitir juicios sumarios.

Necesitamos más espacios que incentiven la crítica cultural, que promuevan el análisis, que generen debates informados y constructivos. Espacios que permitan un acompañamiento crítico a los procesos políticos institucionales. Nativa ha sido uno de ellos, por eso es importante cuidarlo. La crisis que atraviesa este proyecto ha propiciado que se abra un debate en torno a su forma de organización y gestión. Se está tanteando un modelo de organización de base cooperativa, un experimento empresarial y de gestión cultural. Ahora necesitan de nuestro apoyo para afrontar esta transición y el rediseño de su modelo operativo. Es un gesto valiente y un importante paso adelante. En este momento de decepción con la cultura institucional, de falta de visión y definición de políticas culturales y del auge de la crítica cultural trol y moralista, resulta crucial reforzar espacios desde los que pensar, debatir, analizar y producir cultura. Podemos contribuir a financiar este cambio de rumbo. Es importante apoyar el proyecto Nativa. Es necesario cuidarlo. Es crucial mantenerlo. Es importante mimarlo.

Posted in textos | Tagged , | Leave a comment

Miedo a perder

Varias anécdotas juntas nunca producen una verdad. Pese a ello voy a yuxtaponer tres pequeños eventos, del todo ordinarios, que creo nos pueden ayudar a pensar algunos de los debates en torno a la gestión pública de la cultura que están teniendo lugar estos días. Empiezo. De forma reciente revisité una obra de vídeo-arte que tenía guardada en algún rincón de mi biografía. Me refiero a “La memoria interior”, una pieza audiovisual de la artista María Ruido realizada en 2002. En ella viaja a Alemania para reconocer la fábrica en la que durante muchos años trabajaron sus padres al exiliarse de España en búsqueda de un presente algo más próspero del que podía ofrecer una Galicia de posguerra. Los padres de origen humilde, de forma asidua mandaban regalos, alguna carta y sobre todo, dinero para mantener a muchos de los hijos que decidieron o se vieron obligados dejar en su tierra natal. En un fragmento de la obra la voz en off de Ruido hace explícita una contradicción dolorosa y latente: el sacrificio de sus padres, que es lo que ha permitido que la realizadora pudiera estudiar y acceder a la universidad, también es la causa de su distanciamiento. Ya no comparten imaginarios, palabras, aspiraciones ni deseos. Sus respectivos paradigmas culturales son radicalmente diferentes. Les vincula esta carta abierta en la que sus respectivas memorias, recuerdos y mundos no logran encajar.

 

Sigo. Leyendo la novela autobiográfica Lit de la escritora estadounidense Mary Karr me tropecé con un fragmento que me pareció magnífico para entender las contradicciones en las que entra la cultura de clase. Karr, criada en el seno de una familia “redneck” completamente disfuncional en algún pueblo perdido de Texas, acaba escapando de su origen para convertirse en una de las poetas y escritoras más reconocidas de la literatura estadounidense. Ella narra la huída de una familia compleja, su padre trabajaba en una planta petrolífera y escondía una botella de whisky en su garaje que es donde pasaba las horas que no dedicaba a ganarse la vida. Su madre era alcohólica también, además de politoxicómana, chalada y pintora. En la novela narra cómo al morir su padre, Karr rebuscó en su cartera que tan sólo contenía un documento de identidad, unos pocos dólares y doblado, y vuelto a doblar, un fragmento de papel impreso con el primer poema que la autora logró publicar. Con marcas de mil botellas de cerveza y gotas de destilados de todo tipo, ese poema arrugado, que seguramente su padre no ha podido ni leer, y si lo hiciera, apenas entendería, es la prueba material, el vínculo que articula dos clases que no se entienden ni pueden hacerlo.

 

Otro. Hace poco murió la madre de mi amigo Rubén. En el tanatorio su padre nos juntó a algunos de los que habíamos ido a dar apoyo y calor y nos habló con franqueza. Nos dijo lo orgulloso que estaba de sus dos hijos, de cómo, a pesar de todo, habían heredado su ética de trabajo. Ese era su regalo, lo que en esos momentos le daba paz. Todo lo demás resultaba trivial.  El paradigma cultural y social en el que se habían criado padres e hijos no podían ser más distintos. Un inmigrante andaluz que vino a Cataluña para junto a su mujer sacar adelante a su familia a base de tesón y trabajo. Su ideas políticas posiblemente difieran, sus gustos e intereses no pueden ser más diferentes, sus expectativas vitales también. La clase se hereda de formas raras. A veces se reduce a querer hacer las cosas bien, allí reside la dignidad.

 

Lamentablemente ya no podemos hablar de cultura de clase y puede que efectivamente ya no sirva para describir cómo funcionan las sociedades y sus culturas, pero es precisamente en estas pequeñas conversaciones, gestos y momentos en los que ese conflicto se vuelve latente. Reaparece en esas cartas arrugadas que no hemos podido contestar, guiños y objetos que nos dan cierto sentido de pertenencia, cierto anclaje material que no podemos obviar. Llevamos escondidas en nuestras biografías estas pequeñas rupturas, estas conversaciones truncadas, estos desencuentros con los lugares de los que vinimos, esta imposibilidad de explicar el lugar al que queremos ir.  Cargamos con sus expectativas que no pueden ser las nuestras. Deseamos cosas que no podemos explicar. Quienes hemos pasado por la universidad, quienes nos hemos emborrachado en el Primavera Sound, quienes hemos llorado con la Liddell, quienes hemos aprendido en Zemos98, quienes nos abrimos cuenta de twitter sólo para trolear, quienes vibramos con Maria Salgado, quienes nos hemos besado en la Joy Eslava y en el Dabadaba, quienes hemos leído a Foster Wallace, quienes nos bajábamos Lost, quienes bailamos en los Monegros, quienes nos dejamos seducir por Preciado, quienes nos follamos entre nosotros en un intento desesperado de buscar algo parecido a una comunidad, quienes fuimos a ARCO en autobús, quienes nos reímos de los hipsters, quienes vamos a presentaciones de libros en Traficantes de Sueños, en La Fuga, en La Calders, quienes tuvimos una tarjeta de vídeo y una beca de Arteleku, quienes tenemos miedo a perder el control porque seríamos capaces de todo, no podemos perder la oportunidad de explorar esos rastros materiales, esas palabras, esos espacios, esa cultura que nos sitúa y a la que sería absurdo renunciar.
En su película María Ruido interpela a sus padres, les dice “todos vuestros esfuerzos estaban dirigidos a cambiar nuestro futuro, y el futuro ha cambiado, se levantó entre nosotros como una distancia insalvable”, y yo creo que tengo miedo a perder la oportunidad de hacer que eso no sea del todo así. Ahora que estamos diseñando futuros, tengo miedo que se nos escapen los gestos, los espacios, las palabras que nos recuerdan de dónde venimos. Tengo miedo de que mis nuevas palabras no me dejen volver. Tengo miedo de que perdamos la posibilidad de inventar expresiones, imaginarios, espacios y sensibilidades que nos permitan conversar. Tengo miedo de quienes con sus buenas intenciones encasillan esos pasados bajo el epígrafe de cultura popular. Tengo miedo de quienes no se atreven a experimentar. Tengo miedo de ser incapaces de imaginar una cultura política que no nos condene a olvidar. Tengo miedo a no saber pensar la cultura desde la clase a la que pertenezco, por mucho que me sepa camuflar. Aun así, tengo claro que la nostalgia no es una opción. Tengo claro que la creatividad no nos puede traicionar. Pero lo que más claro tengo es que el miedo no nos puede ganar.   

 

Posted in textos | Tagged , , | 1 Comment

Discriminación y cultura: Welcome to the Turnip Field

Es una magnífica noticia que Valentín Roma haya ganado el concurso para dirigir La Virreina, Centre de la Imatge de Barcelona. Roma es un investigador insaciable y un profesional con una carrera dilatada y contrastada con quien he tenido el privilegio de poder colaborar. Aun así, no deja de ser alarmante que la mayoría de los puestos de dirección de las grandes instituciones culturales públicas de la condal estén en manos de hombres. De forma reciente y desde que Barcelona en Comú regenta el ayuntamiento se ha nombrado a Ferran Barenblit como director del MACBA o a Carles Guerra al frente de la Fundació Tapies. Antes Vicenç Villatoro había sido colocado al frente del CCCB, Jaume Reus al frente del Arts Santa Mònica, Pepe Serra al frente del MNAC, Esteve Rimbau al frente de la Filmoteca o a  Bernardo Laniado-Romero al frente del Museo Picasso. Todos estos centros tienen financiación pública. Las únicas instituciones culturales que no dirigen un hombre en estos momentos son la Fundación Joan Miró que dirige Rosa Maria Malet y el Museo del Diseño que dirige Pilar Vélez, ambas nombradas sin concurso público. En algunos casos la discriminación roza lo escandaloso, como es el caso del Teatro del Liceo, con un patronato que incluye a Artur Mas i Gavarró como presidente de honor, Joaquim Molins i Amat presidente del patronato, Ferran Mascarell i Canalda como vicepresidente primero, José María Lasalle Ruiz como vicepresidente segundo, Xavier Trias i Vidal de Llobatera como vicepresidente tercero y Salvador Esteve i Figueras vicepresidente cuarto. Ah, Roger Guasch dirige el centro.
En tuiter podíamos denominar este panorama como un campo de nabos, sería una forma amable de describir lo que claramente es un sistema de discriminación laboral financiado con nuestros impuestos. No pongo en duda la valía de algunos de estos profesionales, pero me parece alarmante que las instituciones que financian estos centros, principalmente la Generalitat de Cataluña, la Diputación de Barcelona y el Ayuntamiento de la ciudad, no hayan introducido medidas para impedir que se instaure esta desigualdad de carácter estructural. En otros contextos se han introducido medidas muy efectivas para acabar con la discriminación de género en la contratación laboral, por ejemplo las pruebas ciegas que se introdujeron en las orquestas estadounidenses a finales de la década de los 70 y que debido a su éxito se han ido extendiendo a muchas otras regiones. Posiblemente andemos escasos de mecanismos y elementos técnicos que nos ayuden a solucionar un problema muy abigarrado que afecta a nuestras instituciones.  Los últimos tres nombramientos, Roma, Barenblit y Guerra se han hecho tras un concurso público bajo el mandato de un ayuntamiento que presumiblemente tiene sensibilidad y preocupación por acabar con las formas de discriminación heredadas de gobiernos anteriores.  Lamentablemente parece que aún estamos muy lejos de poder reventar un techo de cristal que no tan sólo se intuye sino que define de forma clara quién puede optar a que su trabajo sea reconocido y quién no.

 

(los datos y cargos están extraídos de las diferentes webs de las instituciones el 09/04/2016, esta información es susceptible de cambiar)

Posted in textos | Tagged , , , | Leave a comment

Charla en La Ciudad Demudada

Recientemente tuve la suerte y placer de participar en una de las sesiones del ciclo La Ciudad Demudada donde pude compartir mesa con Rogelio López Cuenca, Julia R. Blanco y Floren Cabello en La Térmica de Málaga. Hablé sobre las ruinas de la ciudad creativa, sobre la necesidad de pensar en infraestructuras que soporten la cultura en común y sobre la necesidad de radicalizar el acceso a la cultura. Dejo aquí el audio de mi intervención, si queréis escuchar el resto, podéis encontrar todo el material aquí

Posted in recursos | Tagged , , , , | Leave a comment

Hablar de IVA no es hablar de cultura

O bien el pensador francés Michel Foucault era un trilero o simplemente cambiaba de opinión con facilidad. No hay más que leerse las transcripciones de sus charlas en el Collège de France para darse cuenta de que en pocas ocasiones coinciden los títulos de los seminarios con los contenidos que en ellos se desarrollan. Uno de los casos más flagrantes es el del texto editado con el título de “Nacimiento de la biopolítica” que, curiosamente, no versa sobre biopolítica sino que es uno de los mejores tratados que existen sobre el origen del neoliberalismo. En sus páginas, el autor francés explica que a mediados del siglo XVIII tuvo lugar uno de los cambios más notables respecto a la idea de lo que significa gobernar. Durante ese periodo el papel del gobernador pasó de ser el de quien debe procurar el bienestar general de los ciudadanos a ser el de quien tiene que asegurar que los ciudadanos encuentran un mercado estable en el que puedan prosperar. El buen gobierno ya no reside en la procuración del bienestar, sino en favorecer las condiciones para que cada sujeto, de forma individual, pueda forjarse su propio bienestar. No es casualidad que ese momento coincida con el nacimiento de la economía política y del liberalismo.

Esta transformación se ha ido sucediendo de forma gradual. Lentamente ha ido afectando a todos los ámbitos del gobierno y, claro, de la vida. La esfera de la cultura también se vió afectada por este cambio de perspectiva. A finales de la década de los setenta y principios de los ochenta cambió para siempre el paradigma que regía los modos de gobernar la cultura. El Estado pasaba de ser el garante del acceso a ser el regulador de los mercados que debían de facilitar el acceso a toda la ciudadanía. Este cambio, que se perpetró a diferentes velocidades e intensidades, venía camuflado bajo la guisa de las industrias creativas, los emprendedores culturales, el mecenazgo, etc. El Estado cedía parte de sus competencias al mercado, que debía ser el encargado de realizar la acción cultural. Las políticas culturales se transformaron paulatinamente en políticas económicas. Bienvenidos a la jungla, bienvenidos al neoliberalismo.

 
En la campaña de las elecciones que van a determinar quién nos gobernará los próximos cuatro años se ha hablado poco de cultura. En los debates televisados no se ha hablado de cultura en absoluto. Aun así, a algunos se nos inflaron las expectativas cuando en el debate que mantuvieron Rajoy y Sánchez se mencionó la cuestión del IVA cultural. ¿Podía ser ese el comienzo de una conversación sobre políticas culturales? ¿Entraba por fin la cultura en campaña? Lamentablemente no. Hablar de IVA no es hablar de cultura. Hablar de IVA es aceptar que las políticas culturales sólo pueden ser políticas económicas. Hablar de IVA es hablar de regulación económica de la cultura, no hablar de cultura. El IVA no es cultural, es una carga fiscal sobre el consumo. Hablar de cultura es hablar de valores, de pensamiento, de afectos, de estética, de producción, de transformación, de acceso productivo, de crítica, de desigualdades, de incomodidades, de deseos, de posibles y de lo que a veces nos hace más vulnerables pero no por ello más débiles. Parafraseando a un posible Rajoy: hablar de impuestos es hablar de impuestos, y la cultura es muy cultura y mucho cultura.   

Posted in textos | Tagged , , , | 1 Comment

El problema no es la ópera, el problema es el Liceo

Ayer, dentro del marco del Interacció 15, me perdí un debate que a priori se presentaba sumamente interesante. Un versus entre Jordi Sellas y Berta Sureda, dos personas a las que respeto y cuyo trabajo intento ir siguiendo. Aparentemente, y según me chiva mi timeline de twitter, parece que el Liceo de Barcelona salió un par de veces en la conversación y eso ha dado pie a que el director de La Vanguardia nos haya estropeado el desayuno con una suerte de columna de opinión que tiene más de pataleta que de reflexión. Se lamenta de que Sureda, y el partido que representa, muestren escaso interés por lo que llama la “alta cultura” y que pertenezcan al clan de los que  “se defienden de su incapacidad de disfrutar de las bellas artes”. LOL

No es nuevo que la derecha se agarre al debate de alta/baja cultura y hagan de ello bandera. Ese juego lo controlan bien, no es de extrañar puesto que lo llevan practicando desde que Matthew Arnold escribiera “Cultura y Anarquía” en 1869. Sacar a colación este debate es una buena estrategia para evitar que fijemos la atención en el problema real. Lo que aquí está en juego no son los contenidos del Liceo, si son mejores o peores, si son alta o baja cultura. Ese debate es un entretenimiento de primero de políticas culturales que no da mucho de sí. El problema del Liceo no es cultural, es un problema político. El problema del Liceo es que es una institución clasista que, pese a estar financiada con dinero público, reproduce desigualdades. El problema del Liceo tiene que ver con lo mal remunerados que están algunos de sus trabajadores. El problema del Liceo reside en que estructuralmente es un aparato diseñado para producir un acceso desigual a la cultura. El problema del Liceo, en definitiva nos lleva a preguntarnos, ¿deberíamos sufragar una institución pública que estructuralmente se presenta como una entidad antidemocrática? El problema del Liceo no es la ópera, el problema es el propio Liceo. 

Reproducir el debate alta/baja cultura a estas alturas es cansino pero útil, sirve para que no nos fijemos en cómo operan las estructuras de poder, en cómo las instituciones producen sujetos de clase, en cómo ciertas formas de desigualdad pueden ser reproducidas por el simple diseño espacial. Sirve para que no hablemos de redes de camaradería y tramas de corruptela. Sirve para que nos quedemos en lo discursivo y no podamos enfrentarnos a las transformaciones materiales que requieren instituciones que financiamos entre todas pero que pertenecen a unos pocos. Transformaciones necesarias para que nuestras instituciones sean transparentes, estén libres de chanchullos y favores entre amigotes, pero de forma más importante, sean lugares accesibles para todas y todos, independientemente de cuánto cobren cada mes. Aquí no estamos hablando de alta y baja cultura, estamos hablando de democracia, de derechos y como no, de cómo acabar con un sistema de privilegios y una máquina de producir desigualdad.  

 

Posted in textos | Tagged , , , | Leave a comment

Cuando se puede ganar. Una carta a Zemos98

Uno de los momentos más memorables de la que lamentablemente fue la última edición del festival Zemos98, tuvo lugar durante el código fuente audiovisual de Belén Gopegui. Con la destreza de Sherezade, o con la habilidad de un buen trilero, la autora consiguió hacernos pensar en la coyuntura política presente a través de “películas bonitas”, de esas películas que hemos visto mil veces pero nunca hemos visto terminar los sábados por la tarde tirados en el sofá. Dos de esas películas siguen en mi cabeza, y ahora mismo, con mucha más vigencia. “Elegidos para el triunfo” y “Dos hombres y un destino”, ambas tenían que ver con la idea de ganar. De jugársela. De escapar hacia delante o dejarse morir. Ambas nos hablaron de grandes retos y pequeñas victorias.

El equipo Jamaicano de bobsleigh que protagoniza la primera decide competir durante los juegos olímpicos de Calgary de 1988 pese a no tener ni el dinero, ni el entrenamiento, ni las instalaciones ni el equipo que les ponga en situación de ganar. “Nuestros cacharros no son los mejores”, pero saltan a la pista igual. Al final de la película cruzan la línea de meta con el trineo sobre sus cabezas tras haberse dado una castaña notable. Llegan al final, a duras penas y resbalando, pero lo consiguen. En cambio el Western que proyectó nos presentó una escena diferente. Dos fugitivos perseguidos por un batallón sin rostro, se ven acorralados en la cornisa de un acantilado. Están en minoría y antes o después las balas que vuelan sobre sus cabezas les van a dar. Saltar es un acto suicida, pero parece la única opción. Sundance Kid (Redford) no las tiene todas consigo, no lo ve claro. Esta situación da pie a uno de los diálogos más memorables de la historia del cine. Acojonado le dice a Cassidy (Newman) ¿que pasa si nos siguen?, al que con calma el atracador responde ¿Saltarías tu, si no tuvieras que hacerlo?. Al final saltan.

Tras las recientes elecciones, estas escenas cobran nuevo sentido. Sin duda las maquinarias electorales de muchos de los nuevos partidos no eran las mejores ni las más engrasadas. A muchas les faltaba rodaje, aceite y experiencia. Pero han funcionado. Los cuerpos exhaustos de los que no podían ganar, pasaron una noche emocionante, una noche en la que Telegram sacó humo, en el que miramos las pantallas de los televisores como si nos volvieran a interesar, en la que el 38% pasó al 80% de golpe y nos dio un vuelco el corazón, en la que twitter hacía de vocero de nuestras expectativas y en la que, contra todo pronóstico, ganaron los que nunca lo habían hecho. Los de abajo. Se tiraron por la pista sin casco, sin cinturón de seguridad, con alegría y temor. Ganaron los que hace varios meses no tenían ni trineo para competir.

Pese a la alegría, recuerdo que en otro rincón del mundo el festival Zemos98 ha dejado de existir. Tras diecisiete ediciones, tras acudir fiel a su cita año tras año, apostando por la cultura libre, por la cultura experimental, explorando formatos y contenidos, el festival se vio arrinconado por el maltrato institucional. Por la dejadez de entidades que pese deberse a lo público no saben pensar en el bien común. Por políticas culturales que priman lo espectacular, lo grande, lo luminoso, pero no saben cuidar la continuidad, los trabajos invisibles, los cuerpos pequeños de quienes sostienen la producción cultural.

Llegó el momento fatídico, le tocó a Pedro Jiménez, uno de los fundadores del colectivo que salió al escenario, a un concierto de bajar el telón del festival por última vez. Con una compostura envidiable lo soltó: “lo matamos nosotros, para que no lo hagan ellos”.  Emoción, lágrimas, gritos, muestras de apoyo, joder, mucha emoción. La pequeña victoria de terminar algo bien hecho. La satisfacción de cerrar algo que ha salido bien. Las chavalas y los chavales que, aún estando en el instituto hace diecisiete años, montaron un festival de videoarte en el Viso del Alcor, no tenían ni las mejores herramientas ni los mejores medios para hacerlo, pero lo hicieron. Después, saltaron hacia adelante. Se llevaron su pequeño festival a Sevilla. Entraron algunas personas y salieron otras. Se liaron entre ellos, se hicieron parejas y otras se deshicieron. Se hicieron emprendedores y se quitaron. Montaron una academia informal de gestión cultural y de cuidados. Aprendieron por las malas que lo de las industrias creativas es un embuste. Tuvieron que aprender el valor de trabajar con la comunidad. Cambiaron sus sudaderas por camisas. Se enfrentaron al yugo del crédito y al poder de la deuda. Tuvieron que negociar con la tiranía de la visibilidad. Han tenido hijas, hijos, y se han ganado amigas y amigos. Son estas personas las que han tenido que anunciar que cerraban un proyecto al que le han dedicado horas, días, semanas, meses y energía, mucha energía.

Claro, Gopegui ya nos había metido en la cabeza la pregunta, ¿esto ha sido una victoria o una derrota? Pensamos en esta pregunta recordando viejos debates, ¿cómo medir el valor de la cultura?¿cómo evaluar un fenómeno cultural?. Ahora mismo con el festival ya cerrado, no hace falta aplicar algunos de los parámetros clásicos de valoración: número de asistentes, repercusión de la inversión pública, trascendencia mediática, externalidades generadas para la ciudad o la comparación del diferencial ingresos/inversión. Podríamos explorar otros indicadores menos ortodoxos, su capacidad de producir conocimiento, su capacidad de detectar proyectos interesantes y darles visibilidad, su capacidad para conectar y articular agentes culturales, o de fomentar la cultura experimental en la ciudad. Pero creo que la victoria reside en otro momento, otro lugar. La victoria está en el momento que esas chavalas y chavales, pudiendo haberlo hecho no se quedaran en sus casas. En el Viso, en Sevilla, en Tenerife, o dónde fuera, donde podían haber seguido haciendo cosas en solitario, decidieron jugársela y pensar en común. Saltaron en el acantilado cuando no tenían porqué hacerlo, proyectaron en público vídeos en vez de verlos en casa con su ordenador. Se hicieron colectivo cuando podían quedarse en soledad. Hace ya varios años que las y los Zemos98 cruzaron la meta, ganaron cuando nos permitieron a todas ganar un poquito. Ganaron cuando nos regalaron su tiempo, paciencia y amor. Por todo esto, desde aquí quiero daros las gracias por haber ganado, daros las gracias por hacernos ganar.

 

Posted in textos | Tagged , , , | 2 Comments

No cerréis los centros de experimentación cultural

(texto originalmente publicado en eldiario.es)

La articulación institucional de la cultura y su impacto está deviniendo un tema de debate y de creciente interés al calor de los nuevos partidos políticos surgidos tras el 15M y a raíz del descontento social generalizado que impera en el Estado español. El análisis de políticas culturales no es un ejercicio simple, puesto que nos encontramos con términos que cambian de sentido y decisiones cargadas de ambivalencia y contradicciones.

Por ejemplo, en 1997, el recién electo Primer Ministro de Reino Unido Tony Blair puso en manos de Chris Smith la cartera de cultura. Esta decisión levantó muchas suspicacias y Smith ha sido una de las personas más influyentes a la par que controvertidas en lo que a las políticas culturales se refiere. Su programa se centró en el impulso de las llamadas industrias creativas y en reforzar el papel económico de la cultura. Aun así, sabía que estas no podían funcionar si no volvía a poner a las grandes instituciones culturales en un lugar preponderante de la gestión pública de la cultura. Lo hizo recuperando un término arriesgado y contundente en torno al que redefinió el papel de las instituciones culturales: la excelencia.

El político rescató un concepto que estaba ya bastante acartonado y en desuso, para implementarlo como un mecanismo a través del cual las instituciones debían rendir cuentas. Por excelencia se entendía que las instituciones culturales debían programar o mostrar sólo aquellas obras o piezas sobre las que hubiera un consenso en torno a su valía. Sólo se podía exhibir o programar aquello que se había erigido mejor de su categoría o ámbito. Otro cambio importante que introdujo Smith fue el de garantizar el acceso gratuito a todas las grandes colecciones y museos. Por todo esto se consideró que el proyecto de Smith fue transformador y arriesgado ya que juntó dos nociones aparentemente contradictorias: excelencia y acceso. Pero esta fórmula resultó ser ganadora y reconfiguró para siempre las instituciones culturales británicas haciéndolas tan populares como reconocidas internacionalmente por su calidad.

Manifestación en apoyo a La Casa Invisible |  Azael Ferrer

 

Continue reading

Posted in textos | Tagged , , , | Leave a comment

He visto unicornios caer del cielo en el Palacio de Vistalegre

Una de las cosas que mejor y de forma más vívida recuerdo del 15M, a parte de las asambleas y las larguísimas conversaciones al sol, fue la explosión cultural que acompañó al fenómeno. Fruto de la ebullición del momento surgieron proyectos fantásticos a nuestro alrededor: bookcamping, fundación robo, la ikastrolla, el vaciador…Otros cogieron nuevo ímpetu, como las fiestas cumbieras, los talleres de sexualidades heterogéneas, la edición de libros acelerados, los talleres de uso radical de tecnologías, los encuentros para hackear la visualización de datos, los recitales de poesía, las fanzines… fuck yeah! Tantas que es difícil enumerarlas sin dejarse muchas en el listado de favoritos. Recuerdo de forma nítida, bajar de Jacinto Benavente a Lavapies y de golpe pensar, joder, el 15M me está permitiendo imaginar. Imaginar un devenir político diferente, pero también paradigmas estéticos y de convivencia nuevos, antagonistas, difusos, heterogéneos.

Hubo una foto que circuló durante los primeros días de la acampada Sol en la que salía un cartel escrito a rotulador que se había confeccionado en una de las guarderías que florecieron en la plaza. Se podía leer “Los niños y las niñas piden: Osos panda, +Bicis – Coches, Unicornios, +Columpios, …”. Lo curioso es que en ese momento no sólo los niños querían unicornios, muchos adultos también esperábamos que aparecieran. Nos veíamos a sus lomos conquistando nuevas formas de institucionalidad, explorando nuevos paradigmas estéticos, nuevas estructuras de cuidados, espacios de enunciación política, promiscuidades afectivas, redes raras de actantes y actores, nos imaginábamos estableciendo debates tecnológicos y dejando atrás esa idea de política en la que tan sólo se hablaba de lo probable y lo posible, no de lo deseable o lo extraordinario. El 15M abrió el paradigma de la política de lo inaudito, y eso nos permitió imaginar estéticas arriesgadas, traviesas, glamurosas, astutas, audaces e imprudentes. Estéticas que escapaban del imaginario de lo político y nos llevaban a mundos posibles, muchos de ellos aún por explorar. 

Todo termina. A mediados de octubre, al cerrar la asamblea de Podemos, al sonar los primeros acordes de L’Estaca, vi caer unicornios del cielo en el Palacio de Vistalegre. Morían de asco al ver que al final, la política volvía a ser eso, tipos y tipas que cogen micros y hablan de lo urgente, de lo necesario. Tipos y tipas que vuelven a pensar que la cultura no es lo importante, que el paradigma estético al que pertenecen es una mera formalidad. Tipos y tipas sentadas en sillas de plástico, rodeados de banderas y altavoces con los que magnificar su deseo de instituir. Que sensación de fracaso joder, como de no haber aprendido nada. Como si materialismo y estética no tuvieran nada que ver. La estética relegada a una suerte de idealismo redundante.

Lo mismo acontece con el pensamiento tecnológico. Tras años de hablar de tecnologías libres, de privacidades, de autonomía tecnológica, de entramados tecnico-estéticos que nos permiten devenir de formas diferentes llega el ciclón 15M y la urgencia, la necesidad de llegar rápido a todos y a todo, parece que relega el debate en torno a las tecnologías a un segundo lugar. McLuhan muere. Lo importante es el mensaje, no el medio. El mensaje vive sin el medio. El mensaje no habita un medio. Así los prototipos inestables, las redes inacabadas, los cacharros arriesgados se arrinconan y se dejan para después, Para cuando lo urgente deje lugar a lo importante, lo importante a lo necesario y lo necesario a lo prudente. Así envejecen los movimientos políticos, con la obsolescencia de sentirse institución antes de hora. Con la sonrisa socarrona de “tu estás hablando de software, pero nosotros de política”. Ellos hablan de política y nosotros decimos amen.

Ser audaz ya no se lleva. El tiempo para los experimentos ya ha pasado. Es el tiempo de la política real. El desierto de lo real era que la política sigue vestida de pana. Sigue pensando que la estética es una cuestión de gusto. Que los debates estéticos han de verse relegados a los debates económicos. Como si la economía no fuera una ficción tecno-estética plagada de gráficos, excels, fantasías, libros de management en salas de espera de aeropuertos y especulaciones sin visos de acontecer. Como si los abrazos y los gestos de autoridad no constituyeran un twerking rancio y obsoleto que es necesario repetir antes de asirte al atril. Como si el micrófono que sujetas y que convierte tu voz en impulsos eléctricos que se distribuyen por la sala a través de bafles dispuestos para llegar a todos y cada uno de los rincones no determinara de qué política vas a hablar. Como si la página de Facebook donde convocas a tus eventos no limitara el tipo de personas a las que ese mensaje va a llegar.
Parece que volvemos a la política de la canción protesta. A la erótica del líder. A la estética de lo conocido. A la ética del tenemos la razón. Y así, se volverá a separar la política de los sensatos de la política de los inconscientes. De quienes quieren llegar a su revolución bailando y de quienes consideran que es hora de asentar la cartera. De quienes ven en el micro un lugar donde establecer cánones y no desde dónde lanzar preguntas. De quienes tienen prisa porque quieren llegar lejos. Como siempre, hay quienes tienen urgencia por hacerse viejos, por suerte, quedamos muchos que aún no. Pegaso, vámonos de aquí.

 

pandas

Posted in textos | Tagged , , , | 51 Comments