Cuando se puede ganar. Una carta a Zemos98

Uno de los momentos más memorables de la que lamentablemente fue la última edición del festival Zemos98, tuvo lugar durante el código fuente audiovisual de Belén Gopegui. Con la destreza de Sherezade, o con la habilidad de un buen trilero, la autora consiguió hacernos pensar en la coyuntura política presente a través de “películas bonitas”, de esas películas que hemos visto mil veces pero nunca hemos visto terminar los sábados por la tarde tirados en el sofá. Dos de esas películas siguen en mi cabeza, y ahora mismo, con mucha más vigencia. “Elegidos para el triunfo” y “Dos hombres y un destino”, ambas tenían que ver con la idea de ganar. De jugársela. De escapar hacia delante o dejarse morir. Ambas nos hablaron de grandes retos y pequeñas victorias.

El equipo Jamaicano de bobsleigh que protagoniza la primera decide competir durante los juegos olímpicos de Calgary de 1988 pese a no tener ni el dinero, ni el entrenamiento, ni las instalaciones ni el equipo que les ponga en situación de ganar. “Nuestros cacharros no son los mejores”, pero saltan a la pista igual. Al final de la película cruzan la línea de meta con el trineo sobre sus cabezas tras haberse dado una castaña notable. Llegan al final, a duras penas y resbalando, pero lo consiguen. En cambio el Western que proyectó nos presentó una escena diferente. Dos fugitivos perseguidos por un batallón sin rostro, se ven acorralados en la cornisa de un acantilado. Están en minoría y antes o después las balas que vuelan sobre sus cabezas les van a dar. Saltar es un acto suicida, pero parece la única opción. Sundance Kid (Redford) no las tiene todas consigo, no lo ve claro. Esta situación da pie a uno de los diálogos más memorables de la historia del cine. Acojonado le dice a Cassidy (Newman) ¿que pasa si nos siguen?, al que con calma el atracador responde ¿Saltarías tu, si no tuvieras que hacerlo?. Al final saltan.

Tras las recientes elecciones, estas escenas cobran nuevo sentido. Sin duda las maquinarias electorales de muchos de los nuevos partidos no eran las mejores ni las más engrasadas. A muchas les faltaba rodaje, aceite y experiencia. Pero han funcionado. Los cuerpos exhaustos de los que no podían ganar, pasaron una noche emocionante, una noche en la que Telegram sacó humo, en el que miramos las pantallas de los televisores como si nos volvieran a interesar, en la que el 38% pasó al 80% de golpe y nos dio un vuelco el corazón, en la que twitter hacía de vocero de nuestras expectativas y en la que, contra todo pronóstico, ganaron los que nunca lo habían hecho. Los de abajo. Se tiraron por la pista sin casco, sin cinturón de seguridad, con alegría y temor. Ganaron los que hace varios meses no tenían ni trineo para competir.

Pese a la alegría, recuerdo que en otro rincón del mundo el festival Zemos98 ha dejado de existir. Tras diecisiete ediciones, tras acudir fiel a su cita año tras año, apostando por la cultura libre, por la cultura experimental, explorando formatos y contenidos, el festival se vio arrinconado por el maltrato institucional. Por la dejadez de entidades que pese deberse a lo público no saben pensar en el bien común. Por políticas culturales que priman lo espectacular, lo grande, lo luminoso, pero no saben cuidar la continuidad, los trabajos invisibles, los cuerpos pequeños de quienes sostienen la producción cultural.

Llegó el momento fatídico, le tocó a Pedro Jiménez, uno de los fundadores del colectivo que salió al escenario, a un concierto de bajar el telón del festival por última vez. Con una compostura envidiable lo soltó: “lo matamos nosotros, para que no lo hagan ellos”.  Emoción, lágrimas, gritos, muestras de apoyo, joder, mucha emoción. La pequeña victoria de terminar algo bien hecho. La satisfacción de cerrar algo que ha salido bien. Las chavalas y los chavales que, aún estando en el instituto hace diecisiete años, montaron un festival de videoarte en el Viso del Alcor, no tenían ni las mejores herramientas ni los mejores medios para hacerlo, pero lo hicieron. Después, saltaron hacia adelante. Se llevaron su pequeño festival a Sevilla. Entraron algunas personas y salieron otras. Se liaron entre ellos, se hicieron parejas y otras se deshicieron. Se hicieron emprendedores y se quitaron. Montaron una academia informal de gestión cultural y de cuidados. Aprendieron por las malas que lo de las industrias creativas es un embuste. Tuvieron que aprender el valor de trabajar con la comunidad. Cambiaron sus sudaderas por camisas. Se enfrentaron al yugo del crédito y al poder de la deuda. Tuvieron que negociar con la tiranía de la visibilidad. Han tenido hijas, hijos, y se han ganado amigas y amigos. Son estas personas las que han tenido que anunciar que cerraban un proyecto al que le han dedicado horas, días, semanas, meses y energía, mucha energía.

Claro, Gopegui ya nos había metido en la cabeza la pregunta, ¿esto ha sido una victoria o una derrota? Pensamos en esta pregunta recordando viejos debates, ¿cómo medir el valor de la cultura?¿cómo evaluar un fenómeno cultural?. Ahora mismo con el festival ya cerrado, no hace falta aplicar algunos de los parámetros clásicos de valoración: número de asistentes, repercusión de la inversión pública, trascendencia mediática, externalidades generadas para la ciudad o la comparación del diferencial ingresos/inversión. Podríamos explorar otros indicadores menos ortodoxos, su capacidad de producir conocimiento, su capacidad de detectar proyectos interesantes y darles visibilidad, su capacidad para conectar y articular agentes culturales, o de fomentar la cultura experimental en la ciudad. Pero creo que la victoria reside en otro momento, otro lugar. La victoria está en el momento que esas chavalas y chavales, pudiendo haberlo hecho no se quedaran en sus casas. En el Viso, en Sevilla, en Tenerife, o dónde fuera, donde podían haber seguido haciendo cosas en solitario, decidieron jugársela y pensar en común. Saltaron en el acantilado cuando no tenían porqué hacerlo, proyectaron en público vídeos en vez de verlos en casa con su ordenador. Se hicieron colectivo cuando podían quedarse en soledad. Hace ya varios años que las y los Zemos98 cruzaron la meta, ganaron cuando nos permitieron a todas ganar un poquito. Ganaron cuando nos regalaron su tiempo, paciencia y amor. Por todo esto, desde aquí quiero daros las gracias por haber ganado, daros las gracias por hacernos ganar.

 

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2 Responses to Cuando se puede ganar. Una carta a Zemos98

  1. Felipe says:

    Gracias Jaron, mensajes como este dan sentido a tanta energía invertida en procesos como el que hemos cerrado. Un abrazo muy fuerte :)

  2. Julen says:

    Muy bien traído el análisis, como siempre. Ganar, perder. Todo lo queremos absoluto pero es mucho más lógico entenderlo como un “viene y va”. A veces más cerca de la vicotira y otras de la derrota. Para abrir la puerta alguien tiene que haberla cerrado. Y antes alguien tuvo que pensar que quería que hubiera puerta. Supongo que nuestra autoestima va de la mano de los éxitos. Pero, mira, qué quieres que te diga. A mí me van los fracasos, los errores, las lágrimas. Me parece que genera mucha más conectividad humana, de la de verdad.
    Joder, creo que se me va la pinza. En fin, voy a escribir de ZEMOS98, desde la distancia y desde la cercanía. Pero desde otro inmenso reconocimiento a quienes decidieron ver vídeos saliendo del salón de su casa.

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