Adorno, Broncano, Noguera

A mediados del siglo pasado dos prominentes analistas culturales acometieron un ataque demoledor contra los modos de producción de la cultura de masas. Max Horkheimer y Theodor Adorno, dos de los integrantes de la denominada Escuela de Frankfurt, pusieron patas arriba lo que denominaron como la industria cultural. Estos artífices de la teoría crítica hilaron fino. A diferencia de la teoría tradicional, que consideraba que los objetos de análisis estaban esperando a ser entendidos por observadores imparciales y objetivos, la teoría crítica insiste en explicitar que todos los fenómenos que se analizan son el resultado de procesos sociales, por eso, reproducen las formas de discriminación y las relaciones de poder bajo las que se han creado. Si la teoría tradicional quiere entender cómo son las cosas, la teoría crítica intenta entender cómo han llegado a ser. Por eso la teoría crítica no pretende hacer análisis imparcial y objetivo, sino situado y político. La teoría crítica nace para evidenciar la ideología que se esconde tras las cosas para así, incitar a cambiar nuestra relación con ellas.

Cuando estos dos autores, de origen judío, escaparon de la Alemani nazi para refugiarse en EE.UU no tardaron en constatar que los mismos medios que habían utilizado los seguidores del Führer para extender y normalizar sus ideas, se estaban usando en su nuevo hogar para imponer el capitalismo y el consumismo. La radio, el cine, la televisión, la música o la literatura que en Alemania estaban plagadas de mensajes nacionalistas y antisemitas, ahora estaban repletos de estereotipos, mensajes, ideas e imágenes que incitaban a consumir. Lo que parecía simple entretenimiento era un medio de adoctrinamiento para las masas. La cultura, que podía ser un medio para reflexionar sobre la realidad y abrir nuevos imaginarios y formas de entenderla, se había puesto al servicio de una ideología muy concreta. De esta forma denominaron como Industria Cultural, al sistema de engaño de masas que se estaba consolidando en los EE.UU y que se había puesto al servicio de la ideología capitalista. La cultura seriada, racionalizada e industrializaba, repetía una y otra vez mensajes insulsos e imágenes aparentemente dóciles que escondían su verdadero mensaje. Así la teoría crítica empezó a sospechar de la cultura. Detrás de las inocuas melodías pop se esconden mensajes que normalizan el amor romántico, el consumismo y la sumisión de la mujer al hombre. Las novelas policíacas ligeras justifican la explotación y el orden social, castigando al lumpen y encumbrando a las fuerzas del orden. El cine no reproduce la realidad sino que genera los escenarios de deseo a los que las masas deben aspirar. La industria cultural te la cuela.   

Adorno y Horkheimer irían incluso más lejos argumentando que el propio modo de producción de la cultura, las condiciones de trabajo de los agentes culturales, los tiempos de producción, los formatos, los canales de distribución, etc. hacen que pese a que el objeto cultural pueda parecer emancipador, lleva ya inscrita una forma de política que reproducirá a su pesar. Se adelantaron así al famoso enunciado “el medio es el mensaje” que más tarde proclamó McLuhan. El problema no son los contenidos sino el modo de producción. El capitalismo implica un modo de producción social que se normaliza e integra en sus productos, limitando así y definiendo, la ideología de los propios productos. Trabajar precariamente, con tiempos cortos, urgencias de todo tipo y con la imposición de generar productos lucrativos, marcará la forma de estos objetos culturales. Difícilmente podrán crearse objetos culturales con capacidad de transformación social si se inscriben en los modos de producción acelerados y los formatos de consumo rápido que marca la industria.

Para escapar del influjo de la industria cultural, Theodor Adorno, de forma controvertida defendía el arte autónomo. Es decir, el arte que sólo existe para sí mismo. Para este autor el arte más político no es aquel que contiene los mensajes más explícitos sino el que escapa del marco ideológico imperante. No sirve de nada hacer una película crítica con Hollywood siguiendo su mismo modo de producción, al final sus beneficios terminan revirtiendo en los mismos estudios que critica. El arte político es aquel que se crea de forma autónoma, que sólo buscar reflexionar sobre sí mismo. Que pone la experiencia estética en el centro. Que escapa de las tramas de producción convencional y abre la posibilidad del vacío, de la experiencia incierta, de la estupefacción. El arte que pone la experiencia estética en el centro y cuyo mensaje, en el caso de tenerlo, no es del todo ininteligible. Así Adorno abre la sospecha tanto a los productos culturales de consumo masivo como a aquellos productos que se presentan como politizados. En cambio defiende que la búsqueda de la belleza por la belleza, puede ser tan desconcertante, que tiene la capacidad de generar experiencias y sentimientos inauditos, inesperados, contradictorios. Sentimientos que llevan a la persona a buscar otros horizontes, otras formas de sentir y vivir la vida. Paradójicamente, en su defensa del arte autónomo parecía que Adorno escapaba de la cultura de masas para defender la alta cultura. La música clásica, la literatura de vanguardia, una cultura elitista al alcance de unos pocos.

Recientemente me vinieron a la cabeza estos debates viendo una de las apariciones del magnífico Miguel Noguera en el programa La Resistencia, conducido por David Broncano. Este es un programa financiado por una compañía telefónica y que se puede ver en un canal de pago, o alternativamente, en Youtube. Es decir, es pura industria cultural. Pero algo pasó. Laura Pausini, que ese día estaba invitada al programa, tras dar paso a Noguera se retiró de la escena. La cámara pasó de un plano general a enfocar el suelo de la entrada del escenario. Por allí, pintado de azul y embutido en una suerte de saco de dormir, aparece Noguera, arrastrándose cual gusano por el escenario. El tiempo televisivo se ralentiza. Noguera avanza a trompicones. Nadie dice nada. Las risas dan paso a la incertidumbre. Noguera aguanta la mirada de un público cada vez más incómodo. Silencio, risas nerviosas. El público no sabe bien a dónde mirar. Noguera sonríe sin moverse del suelo. Tres minutos de silencio. Demasiado violento como para ser entretenimiento. Demasiado bufo como para ser arte. Demasiado extraño para ocultar la ideología. La televisión se va rompiendo. No hay formato que defina lo que está pasando. Si fuéramos perezosos tirariamos de adjetivos trillados: surrealista, absurdo, una paranoia etc. Pasan tres minutos de silencio. Es abrumador. Tanto, que la televisión no aguanta y la acción se cierra con un gag malo, sale un fumigador y cubre de polvo blanco a Noguera. Al poco Broncano aparece en escena y cierra, aplausos de alivio. Normalidad.

Me gustaría pensar que esos minutos de incertidumbre se parecen un poco a lo que Adorno llamaba arte autónomo. Arte que no sirve para nada. Suficientemente abierto como para resultar desconcertante. Demasiado corto como para cambiar las reglas de juego. Suficientemente largo como para abrir nuevos imaginarios sobre lo que puede llegar a ser la televisión. Demasiado raro como para devenir formato y repetirse. Claramente indeterminado, chiste, gag, performance, acción poética, entretenimiento, chaladura. Por unos segundos los espectadores no teníamos a dónde agarrarnos, no teníamos los referentes para que fuera una experiencia del todo cómoda. El silencio televisivo como elemento subversivo. El falso gag como suspensión de la ideología del canal. Quien sabe, tal vez fuera un simple chiste sin mucho más. Igual esto es lo que tenía en mente Adorno cuando defendía el arte autónomo. Igual no.

Industrias culturales, fábricas de precariedad

Artículo original publicado en el Diario de Mallorca el día 11/02/2019

En política la línea que separa las buenas intenciones de la negligencia puede ser muy fina. Seguramente el primer responsable político que construyó un aeropuerto provincial esperando que con ello se dinamizara la vida económica y turística local lo hizo con la mejor de las intenciones. La decisión de seguir abriéndolos, a sabiendas que ni el primero, ni el segundo ni el tercero habían logrado sus objetivos, sin duda nos lleva a pensar más en comportamientos negligentes. La siguiente persona en abrir un aeropuerto sin aviones en el Estado español debería ir directamente a la prisión. Lo más doloroso de estos comportamientos negligentes es que ningún cargo político se juega su propio dinero, siempre se cometen utilizando el dinero público, el de todos. Siempre nos precarizan un poco más.

En el año 1997, cuando el gobierno británico decidió poner en marcha un ambicioso programa de promoción de las industrias creativas lo hizo a través de una fórmula, que en aquellos momentos resultaba novedosa. Decidió promover este nuevo sector a pesar de no tener datos contrastados de que el proyecto pudiera funcionar. Es lo que en política se llama “non-fact based policies”, o políticas no basadas en hechos reales. Para poner en marcha el plan se basó en estimaciones y en predicciones. La idea de que la cultura puede ser un potente motor económico es una construcción ideológica, no una realidad empírica. Una década después de su inauguración, NESTA que fue una de las instituciones creadas para impulsar el crecimiento de las industrias creativas decidió cambiar de rumbo y se rebautizó como impulsora de la innovación social. Lamentablemente la disparidad entre los resultados de sus acciones y las estimaciones era demasiado grande como para mantener el rumbo fijado inicialmente. Las empresas culturales no crecían en tamaño, no se creaba empleo sino autoempleo, como sector era frágil y demasiado vulnerable a los vaivenes económicos. El modelo se desestimó.

Probablemente sea un cierto complejo de inferioridad lo que nos mueva a desear lo que tienen los demás. Durante la primera década del siglo XXI en el Estado español se decidió apostar por las industrias culturales como motor de crecimiento urbano y regional. Tuve la suerte de poder entrevistar a numerosos responsables políticos y directivos de agencias de promoción de las industrias culturales. El Gabinete de Iniciativa Joven en Extremadura, el Proyecto Lunar en Andalucía,  el Instituto Andaluz de las Industrias Culturales, la Unidad de Industrias Culturales creada en la Empresa Pública de la Consejería de Cultura de Andalucía, el Institut de Industrias Culturals de Catalunya, Lan Ekintza en Bilbao, Vivernet en Extremadura, etc. son algunas de las iniciativas que pude conocer de primera mano. Una rápida búsqueda de Google podrá confirmar que muchas de estas iniciativas o han dejado de operar, o han cambiado drásticamente de rumbo. La única clara superviviente es el ICIC en Catalunya, que tras un controvertido cambio de dirección decidió bajar su ambición, estaba claro que se habían quedado muy lejos de crear industrias culturales, y reapareció como Institut Català de les Empreses Culturals. Los números cantan, la gran mayoría de planes de promoción de las industrias culturales en el Estado español han fracasado. Tampoco tenemos ningún indicador que apunte que las actuaciones de las respectivas iniciativas haya contribuido a mitigar o poner freno a la precariedad laboral del sector cultural.

Al fracaso de los planes e institutos de promoción se une el de los proyectos grandilocuentes con los que se quería vertebrar la industria cultural. La Ciudad de la Luz, el megaproyecto que se creó para impulsar el sector audiovisual y del cine en Alicante y que recibió 265 millones de euros de inversión pública, inauguró en 2005 y fue finalmente clausurada en 2014 tras un estrepitoso fracaso. En 1999 se inició la construcción de la faraónica Ciudad de la Cultura de Galicia, cuyas obras, a día de hoy siguen paralizadas. A medio construir, con 300 millones de euros gastados y sin un claro horizonte de futuro, las instituciones que se lograron inaugurar ranquean y buscan un público que no termina de llegar. LABoral Centro de Arte y Creación Industrial, fue la cabeza de lanza de un proyecto de crear la Ciudad de la Cultura de Gijón, tras una década de inyecciones generosas de dinero público, apenas logra mantener abierta su sede, con presupuestos deficitarios desde hace ya casi una década y una falta de certeza en torno a su continuidad. La cultura también tiene sus aeropuertos sin aviones, y muchos de ellos nacen en torno a la idea de que lo que nos va a salvar es la industria cultural. La realidad es que son fábricas de precariedad.

Decíamos que la línea que separa las buenas intenciones de la negligencia en política es muy fina. De nuevo nos encontramos frente a una administración que ha decidido invertir el dinero proveniente de nuestros impuestos en crear y legitimar el Institut d’Indústries Culturals de les Illes Balears. Todos los batacazos y fracasos previos no han servido para aprender. Todo el dinero público que se ha dilapidado en planes que no han llevado a ningún lado no ha servido para darnos una lección. Por eso, frente a este proyecto de fantasía pienso, ojalá no nos encontremos frente al enésimo fracaso para incentivar un sector que ni existe ni tiene visos de existir. Ojalá no resulte en una actuación negligente. Ojalá sirva para crear en Baleares un sector cultural económicamente potente, pese a que no se ha logrado hacer en ningún otro lugar. Pero igualmente espero que estemos en una sociedad democrática suficientemente avanzada como para que, si dentro de unos años se confirma que este proyecto tampoco va a funcionar, tengamos los mecanismos apropiados para denunciar y castigar lo que a todas luces parece un acto de negligencia política y de imposición de un modelo caduco y trasnochado. Otra fantasía que nos va a tocar pagar.

Bestiario de la cultura: derechos fantasma y empresas ficción

(borrador del artículo aparecido en el número 7 de la revista Red Escénica Diciembre 2017)

bestiarioNadie va a sorprenderse ni a escandalizarse si comenzamos afirmando que las condiciones de vida y de trabajo de gran parte de las personas que se dedican a las artes y a la cultura en el Estado español son precarias. No son pocos los informes y estudios de reciente aparición 1 que desacreditan tradicional fascinación con la idea de la cultura como motor económico y subrayan la fragilidad laboral de quienes se dedican a la creación. Si además situamos la precariedad sobre otros ejes de discriminación existentes como el género, la raza o el origen social, emerge un panorama aún más desalentador. Quizás por esto mismo, apenas existen estudios que se ocupen de este asunto en detalle ni desde una perspectiva interseccional2. Esta realidad, sumada a la incapacidad, o falta de voluntad, de los distintos gobiernos para introducir políticas culturales capaces de transformarla, hace que tanto para la ciudadanía como para quienes son profesionales de la cultura, esta se perciba como un problema. Entre la primera, termina imperando el imaginario de que los profesionales de la cultura son un conjunto de “enchufados” que viven de subvenciones sin dar palo al agua. Para los segundos, la situación se vuelve más confusa aún: se entremezclan lo industrial, lo vocacional, el mercado y el deseo produciendo combinaciones cuando menos curiosas, y, en algunas ocasiones, directamente aberrantes. Aquí vamos a tratar de explorar por qué ocurre esto.

Todas las personas tenemos derecho a acceder a la cultura. El derecho a la cultura es un derecho constitucional, es decir, un derecho fundamental, que nos ampara a todas y todos los sujetos del Estado español. El catedrático Marcos Vaquer ha planteado una útil división de este derecho general en dos conjuntos de derechos de distinto cariz: los de creación y los de producción.

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Por qué me gusta el proyecto Nativa

Es de sobra sabido que el proyecto Nativa no está pasando por su mejor momento. En los últimos meses, este espacio de crítica y reflexión cultural ha visto cómo los ingresos que recibía en forma de subvención pública se han reducido dramáticamente, poniendo en crisis la sostenibilidad del proyecto. Nativa es una víctima más de unas políticas culturales que, con sus miras estrechas, se empeñan en priorizar unas industrias culturales que además son inexistentes, y van dejando caer por el camino proyectos de carácter crítico, experimental o que resultan menos vistosos o fotogénicos en términos de marketing de ciudad. Unas políticas culturales que priman la inmediatez y lo espectacular, y que en su desarrollo están presas en la nostalgia de una economía de la cultura que nunca llegó a ser (esa que tenía que estar plagada de emprendedores e industrias creativas). Unas políticas culturales que recelan de todos aquellos proyectos ingobernables que producen saberes críticos, fomentan debates, cuestionan hegemonías y transmiten inquietudes.

Nativa ha conseguido congregar en torno a su proyecto a algunas de las personas que más admiro y a las que más leo para entender el presente de la cultura. Ha contado con colaboradoras y colaboradores de la talla de Lucía Lijtmaer, Marina Garcés, Rubén Martínez, Nando Cruz, Elena Fraj, Xavier Cervantes, Aida Sánchez de Serdio, Ramón Faura, y con una lista larga de articulistas, activistas, pensadores diletantes y bárbaros de la cultura entre los que he tenido la suerte de poder estar en alguna ocasión. Personas que encarnan prácticas diferentes y con las que no siempre estoy de acuerdo. Personas comprometidas con la crítica cultural. Así, una de las cosas que más aprecio del proyecto Nativa es que ha conseguido zafarse de una de las tiranías contemporáneas a las que se enfrenta cualquier medio en el que se escriba sobre cultura: en todo momento Nativa ha evitado que las opiniones publicadas en ese medio buscaran la polémica o la controversia fácil. Es más, siempre se ha evitado con elegancia crear titulares engañosos o alarmistas que roben con malas artes la atención de unos navegantes ya abrumados por historias y reclamos. Está claro que, en la economía de los clicks, es más rentable ser un trol que da bastonazos que empeñarse en afinar un análisis en profundidad. Nativa es austera, sincera y de digestión lenta. Y todo ello es de agradecer.

Del mismo modo, en un momento en el que la crítica cultural, tanto de derechas como de izquierdas, ha perdido todo interés por el análisis político y ha optado por entregarse al juicio moral, se agradece que las páginas de Nativa no estén repletas de esos ejercicios de escarnio públicos, ni de esas acusaciones de falta de compromiso que últimamente vemos y que se expresan rotundamente, como si trabajar en cultura estuviera libre de contradicciones. Este reciente fenómeno es tan goloso como inútil. La derecha se ha hecho fuerte en la defensa de los valores tradicionales y desde allí lanza su ataques y libra sus guerras culturales, destinadas a fijar sus privilegios y a definir claramente quién está del lado de la norma, de lo normal. La izquierda cultural, por su parte, se ha obsesionado con conquistar la hegemonía en lugar de retarla, en lugar de poner en evidencia su pretendida normalidad, en lugar de desacreditarla, criticarla y hacerla pedazos. Para ello, la crítica cultural de izquierdas se ha metido en un pozo sin salida: el juicio moral de la cultura. De pronto, un baremo invisible determina quién está suficientemente comprometido/a con la causa y a quién hay que mandar a arder. Lamentablemente este juicio no tiene otra base que el subjetivismo más miope y desenfocado. En lugar de realizar un verdadero análisis cultural, se ha hecho fuerte la crítica que se basa en las apariencias y las formas. Por suerte, la política de la cultura va más allá de lo que enuncia, de lo que aparenta, de lo que denuncia. Pero la moralina esto no lo ve, absorta como está con dar zascas y emitir juicios sumarios.

Necesitamos más espacios que incentiven la crítica cultural, que promuevan el análisis, que generen debates informados y constructivos. Espacios que permitan un acompañamiento crítico a los procesos políticos institucionales. Nativa ha sido uno de ellos, por eso es importante cuidarlo. La crisis que atraviesa este proyecto ha propiciado que se abra un debate en torno a su forma de organización y gestión. Se está tanteando un modelo de organización de base cooperativa, un experimento empresarial y de gestión cultural. Ahora necesitan de nuestro apoyo para afrontar esta transición y el rediseño de su modelo operativo. Es un gesto valiente y un importante paso adelante. En este momento de decepción con la cultura institucional, de falta de visión y definición de políticas culturales y del auge de la crítica cultural trol y moralista, resulta crucial reforzar espacios desde los que pensar, debatir, analizar y producir cultura. Podemos contribuir a financiar este cambio de rumbo. Es importante apoyar el proyecto Nativa. Es necesario cuidarlo. Es crucial mantenerlo. Es importante mimarlo.

Miedo a perder

Varias anécdotas juntas nunca producen una verdad. Pese a ello voy a yuxtaponer tres pequeños eventos, del todo ordinarios, que creo nos pueden ayudar a pensar algunos de los debates en torno a la gestión pública de la cultura que están teniendo lugar estos días. Empiezo. De forma reciente revisité una obra de vídeo-arte que tenía guardada en algún rincón de mi biografía. Me refiero a “La memoria interior”, una pieza audiovisual de la artista María Ruido realizada en 2002. En ella viaja a Alemania para reconocer la fábrica en la que durante muchos años trabajaron sus padres al exiliarse de España en búsqueda de un presente algo más próspero del que podía ofrecer una Galicia de posguerra. Los padres de origen humilde, de forma asidua mandaban regalos, alguna carta y sobre todo, dinero para mantener a muchos de los hijos que decidieron o se vieron obligados dejar en su tierra natal. En un fragmento de la obra la voz en off de Ruido hace explícita una contradicción dolorosa y latente: el sacrificio de sus padres, que es lo que ha permitido que la realizadora pudiera estudiar y acceder a la universidad, también es la causa de su distanciamiento. Ya no comparten imaginarios, palabras, aspiraciones ni deseos. Sus respectivos paradigmas culturales son radicalmente diferentes. Les vincula esta carta abierta en la que sus respectivas memorias, recuerdos y mundos no logran encajar.

 

Sigo. Leyendo la novela autobiográfica Lit de la escritora estadounidense Mary Karr me tropecé con un fragmento que me pareció magnífico para entender las contradicciones en las que entra la cultura de clase. Karr, criada en el seno de una familia “redneck” completamente disfuncional en algún pueblo perdido de Texas, acaba escapando de su origen para convertirse en una de las poetas y escritoras más reconocidas de la literatura estadounidense. Ella narra la huída de una familia compleja, su padre trabajaba en una planta petrolífera y escondía una botella de whisky en su garaje que es donde pasaba las horas que no dedicaba a ganarse la vida. Su madre era alcohólica también, además de politoxicómana, chalada y pintora. En la novela narra cómo al morir su padre, Karr rebuscó en su cartera que tan sólo contenía un documento de identidad, unos pocos dólares y doblado, y vuelto a doblar, un fragmento de papel impreso con el primer poema que la autora logró publicar. Con marcas de mil botellas de cerveza y gotas de destilados de todo tipo, ese poema arrugado, que seguramente su padre no ha podido ni leer, y si lo hiciera, apenas entendería, es la prueba material, el vínculo que articula dos clases que no se entienden ni pueden hacerlo.

 

Otro. Hace poco murió la madre de mi amigo Rubén. En el tanatorio su padre nos juntó a algunos de los que habíamos ido a dar apoyo y calor y nos habló con franqueza. Nos dijo lo orgulloso que estaba de sus dos hijos, de cómo, a pesar de todo, habían heredado su ética de trabajo. Ese era su regalo, lo que en esos momentos le daba paz. Todo lo demás resultaba trivial.  El paradigma cultural y social en el que se habían criado padres e hijos no podían ser más distintos. Un inmigrante andaluz que vino a Cataluña para junto a su mujer sacar adelante a su familia a base de tesón y trabajo. Su ideas políticas posiblemente difieran, sus gustos e intereses no pueden ser más diferentes, sus expectativas vitales también. La clase se hereda de formas raras. A veces se reduce a querer hacer las cosas bien, allí reside la dignidad.

 

Lamentablemente ya no podemos hablar de cultura de clase y puede que efectivamente ya no sirva para describir cómo funcionan las sociedades y sus culturas, pero es precisamente en estas pequeñas conversaciones, gestos y momentos en los que ese conflicto se vuelve latente. Reaparece en esas cartas arrugadas que no hemos podido contestar, guiños y objetos que nos dan cierto sentido de pertenencia, cierto anclaje material que no podemos obviar. Llevamos escondidas en nuestras biografías estas pequeñas rupturas, estas conversaciones truncadas, estos desencuentros con los lugares de los que vinimos, esta imposibilidad de explicar el lugar al que queremos ir.  Cargamos con sus expectativas que no pueden ser las nuestras. Deseamos cosas que no podemos explicar. Quienes hemos pasado por la universidad, quienes nos hemos emborrachado en el Primavera Sound, quienes hemos llorado con la Liddell, quienes hemos aprendido en Zemos98, quienes nos abrimos cuenta de twitter sólo para trolear, quienes vibramos con Maria Salgado, quienes nos hemos besado en la Joy Eslava y en el Dabadaba, quienes hemos leído a Foster Wallace, quienes nos bajábamos Lost, quienes bailamos en los Monegros, quienes nos dejamos seducir por Preciado, quienes nos follamos entre nosotros en un intento desesperado de buscar algo parecido a una comunidad, quienes fuimos a ARCO en autobús, quienes nos reímos de los hipsters, quienes vamos a presentaciones de libros en Traficantes de Sueños, en La Fuga, en La Calders, quienes tuvimos una tarjeta de vídeo y una beca de Arteleku, quienes tenemos miedo a perder el control porque seríamos capaces de todo, no podemos perder la oportunidad de explorar esos rastros materiales, esas palabras, esos espacios, esa cultura que nos sitúa y a la que sería absurdo renunciar.
En su película María Ruido interpela a sus padres, les dice “todos vuestros esfuerzos estaban dirigidos a cambiar nuestro futuro, y el futuro ha cambiado, se levantó entre nosotros como una distancia insalvable”, y yo creo que tengo miedo a perder la oportunidad de hacer que eso no sea del todo así. Ahora que estamos diseñando futuros, tengo miedo que se nos escapen los gestos, los espacios, las palabras que nos recuerdan de dónde venimos. Tengo miedo de que mis nuevas palabras no me dejen volver. Tengo miedo de que perdamos la posibilidad de inventar expresiones, imaginarios, espacios y sensibilidades que nos permitan conversar. Tengo miedo de quienes con sus buenas intenciones encasillan esos pasados bajo el epígrafe de cultura popular. Tengo miedo de quienes no se atreven a experimentar. Tengo miedo de ser incapaces de imaginar una cultura política que no nos condene a olvidar. Tengo miedo a no saber pensar la cultura desde la clase a la que pertenezco, por mucho que me sepa camuflar. Aun así, tengo claro que la nostalgia no es una opción. Tengo claro que la creatividad no nos puede traicionar. Pero lo que más claro tengo es que el miedo no nos puede ganar.   

 

Discriminación y cultura: Welcome to the Turnip Field

Es una magnífica noticia que Valentín Roma haya ganado el concurso para dirigir La Virreina, Centre de la Imatge de Barcelona. Roma es un investigador insaciable y un profesional con una carrera dilatada y contrastada con quien he tenido el privilegio de poder colaborar. Aun así, no deja de ser alarmante que la mayoría de los puestos de dirección de las grandes instituciones culturales públicas de la condal estén en manos de hombres. De forma reciente y desde que Barcelona en Comú regenta el ayuntamiento se ha nombrado a Ferran Barenblit como director del MACBA o a Carles Guerra al frente de la Fundació Tapies. Antes Vicenç Villatoro había sido colocado al frente del CCCB, Jaume Reus al frente del Arts Santa Mònica, Pepe Serra al frente del MNAC, Esteve Rimbau al frente de la Filmoteca o a  Bernardo Laniado-Romero al frente del Museo Picasso. Todos estos centros tienen financiación pública. Las únicas instituciones culturales que no dirigen un hombre en estos momentos son la Fundación Joan Miró que dirige Rosa Maria Malet y el Museo del Diseño que dirige Pilar Vélez, ambas nombradas sin concurso público. En algunos casos la discriminación roza lo escandaloso, como es el caso del Teatro del Liceo, con un patronato que incluye a Artur Mas i Gavarró como presidente de honor, Joaquim Molins i Amat presidente del patronato, Ferran Mascarell i Canalda como vicepresidente primero, José María Lasalle Ruiz como vicepresidente segundo, Xavier Trias i Vidal de Llobatera como vicepresidente tercero y Salvador Esteve i Figueras vicepresidente cuarto. Ah, Roger Guasch dirige el centro.
En tuiter podíamos denominar este panorama como un campo de nabos, sería una forma amable de describir lo que claramente es un sistema de discriminación laboral financiado con nuestros impuestos. No pongo en duda la valía de algunos de estos profesionales, pero me parece alarmante que las instituciones que financian estos centros, principalmente la Generalitat de Cataluña, la Diputación de Barcelona y el Ayuntamiento de la ciudad, no hayan introducido medidas para impedir que se instaure esta desigualdad de carácter estructural. En otros contextos se han introducido medidas muy efectivas para acabar con la discriminación de género en la contratación laboral, por ejemplo las pruebas ciegas que se introdujeron en las orquestas estadounidenses a finales de la década de los 70 y que debido a su éxito se han ido extendiendo a muchas otras regiones. Posiblemente andemos escasos de mecanismos y elementos técnicos que nos ayuden a solucionar un problema muy abigarrado que afecta a nuestras instituciones.  Los últimos tres nombramientos, Roma, Barenblit y Guerra se han hecho tras un concurso público bajo el mandato de un ayuntamiento que presumiblemente tiene sensibilidad y preocupación por acabar con las formas de discriminación heredadas de gobiernos anteriores.  Lamentablemente parece que aún estamos muy lejos de poder reventar un techo de cristal que no tan sólo se intuye sino que define de forma clara quién puede optar a que su trabajo sea reconocido y quién no.

 

(los datos y cargos están extraídos de las diferentes webs de las instituciones el 09/04/2016, esta información es susceptible de cambiar)

Hablar de IVA no es hablar de cultura

O bien el pensador francés Michel Foucault era un trilero o simplemente cambiaba de opinión con facilidad. No hay más que leerse las transcripciones de sus charlas en el Collège de France para darse cuenta de que en pocas ocasiones coinciden los títulos de los seminarios con los contenidos que en ellos se desarrollan. Uno de los casos más flagrantes es el del texto editado con el título de “Nacimiento de la biopolítica” que, curiosamente, no versa sobre biopolítica sino que es uno de los mejores tratados que existen sobre el origen del neoliberalismo. En sus páginas, el autor francés explica que a mediados del siglo XVIII tuvo lugar uno de los cambios más notables respecto a la idea de lo que significa gobernar. Durante ese periodo el papel del gobernador pasó de ser el de quien debe procurar el bienestar general de los ciudadanos a ser el de quien tiene que asegurar que los ciudadanos encuentran un mercado estable en el que puedan prosperar. El buen gobierno ya no reside en la procuración del bienestar, sino en favorecer las condiciones para que cada sujeto, de forma individual, pueda forjarse su propio bienestar. No es casualidad que ese momento coincida con el nacimiento de la economía política y del liberalismo.

Esta transformación se ha ido sucediendo de forma gradual. Lentamente ha ido afectando a todos los ámbitos del gobierno y, claro, de la vida. La esfera de la cultura también se vió afectada por este cambio de perspectiva. A finales de la década de los setenta y principios de los ochenta cambió para siempre el paradigma que regía los modos de gobernar la cultura. El Estado pasaba de ser el garante del acceso a ser el regulador de los mercados que debían de facilitar el acceso a toda la ciudadanía. Este cambio, que se perpetró a diferentes velocidades e intensidades, venía camuflado bajo la guisa de las industrias creativas, los emprendedores culturales, el mecenazgo, etc. El Estado cedía parte de sus competencias al mercado, que debía ser el encargado de realizar la acción cultural. Las políticas culturales se transformaron paulatinamente en políticas económicas. Bienvenidos a la jungla, bienvenidos al neoliberalismo.

 
En la campaña de las elecciones que van a determinar quién nos gobernará los próximos cuatro años se ha hablado poco de cultura. En los debates televisados no se ha hablado de cultura en absoluto. Aun así, a algunos se nos inflaron las expectativas cuando en el debate que mantuvieron Rajoy y Sánchez se mencionó la cuestión del IVA cultural. ¿Podía ser ese el comienzo de una conversación sobre políticas culturales? ¿Entraba por fin la cultura en campaña? Lamentablemente no. Hablar de IVA no es hablar de cultura. Hablar de IVA es aceptar que las políticas culturales sólo pueden ser políticas económicas. Hablar de IVA es hablar de regulación económica de la cultura, no hablar de cultura. El IVA no es cultural, es una carga fiscal sobre el consumo. Hablar de cultura es hablar de valores, de pensamiento, de afectos, de estética, de producción, de transformación, de acceso productivo, de crítica, de desigualdades, de incomodidades, de deseos, de posibles y de lo que a veces nos hace más vulnerables pero no por ello más débiles. Parafraseando a un posible Rajoy: hablar de impuestos es hablar de impuestos, y la cultura es muy cultura y mucho cultura.   

El problema no es la ópera, el problema es el Liceo

Ayer, dentro del marco del Interacció 15, me perdí un debate que a priori se presentaba sumamente interesante. Un versus entre Jordi Sellas y Berta Sureda, dos personas a las que respeto y cuyo trabajo intento ir siguiendo. Aparentemente, y según me chiva mi timeline de twitter, parece que el Liceo de Barcelona salió un par de veces en la conversación y eso ha dado pie a que el director de La Vanguardia nos haya estropeado el desayuno con una suerte de columna de opinión que tiene más de pataleta que de reflexión. Se lamenta de que Sureda, y el partido que representa, muestren escaso interés por lo que llama la “alta cultura” y que pertenezcan al clan de los que  “se defienden de su incapacidad de disfrutar de las bellas artes”. LOL

No es nuevo que la derecha se agarre al debate de alta/baja cultura y hagan de ello bandera. Ese juego lo controlan bien, no es de extrañar puesto que lo llevan practicando desde que Matthew Arnold escribiera “Cultura y Anarquía” en 1869. Sacar a colación este debate es una buena estrategia para evitar que fijemos la atención en el problema real. Lo que aquí está en juego no son los contenidos del Liceo, si son mejores o peores, si son alta o baja cultura. Ese debate es un entretenimiento de primero de políticas culturales que no da mucho de sí. El problema del Liceo no es cultural, es un problema político. El problema del Liceo es que es una institución clasista que, pese a estar financiada con dinero público, reproduce desigualdades. El problema del Liceo tiene que ver con lo mal remunerados que están algunos de sus trabajadores. El problema del Liceo reside en que estructuralmente es un aparato diseñado para producir un acceso desigual a la cultura. El problema del Liceo, en definitiva nos lleva a preguntarnos, ¿deberíamos sufragar una institución pública que estructuralmente se presenta como una entidad antidemocrática? El problema del Liceo no es la ópera, el problema es el propio Liceo. 

Reproducir el debate alta/baja cultura a estas alturas es cansino pero útil, sirve para que no nos fijemos en cómo operan las estructuras de poder, en cómo las instituciones producen sujetos de clase, en cómo ciertas formas de desigualdad pueden ser reproducidas por el simple diseño espacial. Sirve para que no hablemos de redes de camaradería y tramas de corruptela. Sirve para que nos quedemos en lo discursivo y no podamos enfrentarnos a las transformaciones materiales que requieren instituciones que financiamos entre todas pero que pertenecen a unos pocos. Transformaciones necesarias para que nuestras instituciones sean transparentes, estén libres de chanchullos y favores entre amigotes, pero de forma más importante, sean lugares accesibles para todas y todos, independientemente de cuánto cobren cada mes. Aquí no estamos hablando de alta y baja cultura, estamos hablando de democracia, de derechos y como no, de cómo acabar con un sistema de privilegios y una máquina de producir desigualdad.  

 

Cuando se puede ganar. Una carta a Zemos98

Uno de los momentos más memorables de la que lamentablemente fue la última edición del festival Zemos98, tuvo lugar durante el código fuente audiovisual de Belén Gopegui. Con la destreza de Sherezade, o con la habilidad de un buen trilero, la autora consiguió hacernos pensar en la coyuntura política presente a través de “películas bonitas”, de esas películas que hemos visto mil veces pero nunca hemos visto terminar los sábados por la tarde tirados en el sofá. Dos de esas películas siguen en mi cabeza, y ahora mismo, con mucha más vigencia. “Elegidos para el triunfo” y “Dos hombres y un destino”, ambas tenían que ver con la idea de ganar. De jugársela. De escapar hacia delante o dejarse morir. Ambas nos hablaron de grandes retos y pequeñas victorias.

El equipo Jamaicano de bobsleigh que protagoniza la primera decide competir durante los juegos olímpicos de Calgary de 1988 pese a no tener ni el dinero, ni el entrenamiento, ni las instalaciones ni el equipo que les ponga en situación de ganar. “Nuestros cacharros no son los mejores”, pero saltan a la pista igual. Al final de la película cruzan la línea de meta con el trineo sobre sus cabezas tras haberse dado una castaña notable. Llegan al final, a duras penas y resbalando, pero lo consiguen. En cambio el Western que proyectó nos presentó una escena diferente. Dos fugitivos perseguidos por un batallón sin rostro, se ven acorralados en la cornisa de un acantilado. Están en minoría y antes o después las balas que vuelan sobre sus cabezas les van a dar. Saltar es un acto suicida, pero parece la única opción. Sundance Kid (Redford) no las tiene todas consigo, no lo ve claro. Esta situación da pie a uno de los diálogos más memorables de la historia del cine. Acojonado le dice a Cassidy (Newman) ¿que pasa si nos siguen?, al que con calma el atracador responde ¿Saltarías tu, si no tuvieras que hacerlo?. Al final saltan.

Tras las recientes elecciones, estas escenas cobran nuevo sentido. Sin duda las maquinarias electorales de muchos de los nuevos partidos no eran las mejores ni las más engrasadas. A muchas les faltaba rodaje, aceite y experiencia. Pero han funcionado. Los cuerpos exhaustos de los que no podían ganar, pasaron una noche emocionante, una noche en la que Telegram sacó humo, en el que miramos las pantallas de los televisores como si nos volvieran a interesar, en la que el 38% pasó al 80% de golpe y nos dio un vuelco el corazón, en la que twitter hacía de vocero de nuestras expectativas y en la que, contra todo pronóstico, ganaron los que nunca lo habían hecho. Los de abajo. Se tiraron por la pista sin casco, sin cinturón de seguridad, con alegría y temor. Ganaron los que hace varios meses no tenían ni trineo para competir.

Pese a la alegría, recuerdo que en otro rincón del mundo el festival Zemos98 ha dejado de existir. Tras diecisiete ediciones, tras acudir fiel a su cita año tras año, apostando por la cultura libre, por la cultura experimental, explorando formatos y contenidos, el festival se vio arrinconado por el maltrato institucional. Por la dejadez de entidades que pese deberse a lo público no saben pensar en el bien común. Por políticas culturales que priman lo espectacular, lo grande, lo luminoso, pero no saben cuidar la continuidad, los trabajos invisibles, los cuerpos pequeños de quienes sostienen la producción cultural.

Llegó el momento fatídico, le tocó a Pedro Jiménez, uno de los fundadores del colectivo que salió al escenario, a un concierto de bajar el telón del festival por última vez. Con una compostura envidiable lo soltó: “lo matamos nosotros, para que no lo hagan ellos”.  Emoción, lágrimas, gritos, muestras de apoyo, joder, mucha emoción. La pequeña victoria de terminar algo bien hecho. La satisfacción de cerrar algo que ha salido bien. Las chavalas y los chavales que, aún estando en el instituto hace diecisiete años, montaron un festival de videoarte en el Viso del Alcor, no tenían ni las mejores herramientas ni los mejores medios para hacerlo, pero lo hicieron. Después, saltaron hacia adelante. Se llevaron su pequeño festival a Sevilla. Entraron algunas personas y salieron otras. Se liaron entre ellos, se hicieron parejas y otras se deshicieron. Se hicieron emprendedores y se quitaron. Montaron una academia informal de gestión cultural y de cuidados. Aprendieron por las malas que lo de las industrias creativas es un embuste. Tuvieron que aprender el valor de trabajar con la comunidad. Cambiaron sus sudaderas por camisas. Se enfrentaron al yugo del crédito y al poder de la deuda. Tuvieron que negociar con la tiranía de la visibilidad. Han tenido hijas, hijos, y se han ganado amigas y amigos. Son estas personas las que han tenido que anunciar que cerraban un proyecto al que le han dedicado horas, días, semanas, meses y energía, mucha energía.

Claro, Gopegui ya nos había metido en la cabeza la pregunta, ¿esto ha sido una victoria o una derrota? Pensamos en esta pregunta recordando viejos debates, ¿cómo medir el valor de la cultura?¿cómo evaluar un fenómeno cultural?. Ahora mismo con el festival ya cerrado, no hace falta aplicar algunos de los parámetros clásicos de valoración: número de asistentes, repercusión de la inversión pública, trascendencia mediática, externalidades generadas para la ciudad o la comparación del diferencial ingresos/inversión. Podríamos explorar otros indicadores menos ortodoxos, su capacidad de producir conocimiento, su capacidad de detectar proyectos interesantes y darles visibilidad, su capacidad para conectar y articular agentes culturales, o de fomentar la cultura experimental en la ciudad. Pero creo que la victoria reside en otro momento, otro lugar. La victoria está en el momento que esas chavalas y chavales, pudiendo haberlo hecho no se quedaran en sus casas. En el Viso, en Sevilla, en Tenerife, o dónde fuera, donde podían haber seguido haciendo cosas en solitario, decidieron jugársela y pensar en común. Saltaron en el acantilado cuando no tenían porqué hacerlo, proyectaron en público vídeos en vez de verlos en casa con su ordenador. Se hicieron colectivo cuando podían quedarse en soledad. Hace ya varios años que las y los Zemos98 cruzaron la meta, ganaron cuando nos permitieron a todas ganar un poquito. Ganaron cuando nos regalaron su tiempo, paciencia y amor. Por todo esto, desde aquí quiero daros las gracias por haber ganado, daros las gracias por hacernos ganar.

 

No cerréis los centros de experimentación cultural

(texto originalmente publicado en eldiario.es)

La articulación institucional de la cultura y su impacto está deviniendo un tema de debate y de creciente interés al calor de los nuevos partidos políticos surgidos tras el 15M y a raíz del descontento social generalizado que impera en el Estado español. El análisis de políticas culturales no es un ejercicio simple, puesto que nos encontramos con términos que cambian de sentido y decisiones cargadas de ambivalencia y contradicciones.

Por ejemplo, en 1997, el recién electo Primer Ministro de Reino Unido Tony Blair puso en manos de Chris Smith la cartera de cultura. Esta decisión levantó muchas suspicacias y Smith ha sido una de las personas más influyentes a la par que controvertidas en lo que a las políticas culturales se refiere. Su programa se centró en el impulso de las llamadas industrias creativas y en reforzar el papel económico de la cultura. Aun así, sabía que estas no podían funcionar si no volvía a poner a las grandes instituciones culturales en un lugar preponderante de la gestión pública de la cultura. Lo hizo recuperando un término arriesgado y contundente en torno al que redefinió el papel de las instituciones culturales: la excelencia.

El político rescató un concepto que estaba ya bastante acartonado y en desuso, para implementarlo como un mecanismo a través del cual las instituciones debían rendir cuentas. Por excelencia se entendía que las instituciones culturales debían programar o mostrar sólo aquellas obras o piezas sobre las que hubiera un consenso en torno a su valía. Sólo se podía exhibir o programar aquello que se había erigido mejor de su categoría o ámbito. Otro cambio importante que introdujo Smith fue el de garantizar el acceso gratuito a todas las grandes colecciones y museos. Por todo esto se consideró que el proyecto de Smith fue transformador y arriesgado ya que juntó dos nociones aparentemente contradictorias: excelencia y acceso. Pero esta fórmula resultó ser ganadora y reconfiguró para siempre las instituciones culturales británicas haciéndolas tan populares como reconocidas internacionalmente por su calidad.

Manifestación en apoyo a La Casa Invisible |  Azael Ferrer

 

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