Me comentaba el otro día un amigo, que tiene una pequeña agencia de diseño, que le está resultando muy difícil encontrar buenos perfiles para incorporarse a la empresa. Si bien es cierto que las personas jóvenes que se incorporan al mercado laboral cuentan con una excelente formación y están preparadas para el trabajo, por lo general les cuesta adaptarse a las exigencias, los horarios y las tensiones del día a día laboral. Forzar los horarios debido a las entregas, recortar los fines de semana o comprometerse a terminar tareas poco atractivas no convence a generaciones de personas mucho más sensibles a su bienestar personal y a las necesidades de conciliar trabajo y vida personal. Personas que ven el entorno laboral como un espacio violento y poco gratificante. Este no es un caso aislado, y este tipo de tensiones está dando pié a algunos titulares jocosos.
La incorporación de estudiantes en puestos de prácticas es cada vez más difícil. Quienes trabajamos en universidades o centros de formación lo sabemos bien. Lógicamente, ya nadie quiere ser “el becario que va a buscar los cafés”. La promesa de una ascensión meritocrática dentro de la empresa no convence, y cada vez son más las personas que interrumpen o renuncian a sus prácticas laborales debido a incompatibilidades con la empresa asignada. Personas que no entienden la naturaleza del supuesto premio por el que se deben sacrificar.
Ciertamente provoca cierto desconcierto escuchar sus razones para evitar volver al puesto de trabajo que se les ha asignado. Al revisar los motivos que alegan los estudiantes para abandonar sus prácticas laborales encontramos desde razones comprensibles, como “ambiente laboral tóxico”, “me provoca estrés” u “horarios incompatibles con mis intereses”, hasta afirmaciones más sui géneris, como “tener horario me provoca FOMO”, o “las prácticas empiezan demasiado temprano y no me gusta madrugar”. Sería fácil hacer una caricatura generacional a partir de esto, pero no es nuestro objetivo. Es importante asumir estas quejas como síntomas de un problema mayor.

Sin duda sería fácil caer en un análisis reaccionario de este fenómeno. Esto nos permitirá disparar tanto hacia arriba como hacia abajo. Caer en tópicos como “la gente joven es floja”, ”ya no saben aguantar la presión”, “estamos ante una generación demasiado mimada”, o emitir juicios parecidos. Y es que, para personas mucho más conscientes de su bienestar, de su salud física y mental, que están atentas a sus propias necesidades en todo momento, el ámbito laboral puede devenir un auténtico infierno. Por otro lado, también podría señalarse que las generaciones anteriores no han peleado por sus derechos, han normalizado condiciones laborales terribles o han priorizado una cultura del sacrificio por encima de la salud y el bienestar personal. Personas que sabían que la única oportunidad que les brindaba la vida era trabajar normalizaron sacrificar su tiempo para garantizar el bienestar de los suyos y aceptaron condiciones que hoy nos parecen completamente inasumibles. Estamos empezando a ver algunas interpretaciones que van en esa dirección, y que son políticamente estériles. No, no se pegaron la vida cañón.
En este contexto, en lugar de señalar culpables o ahondar en fallas generacionales, me parece más interesante preguntarse por qué el malestar generalizado que produce el trabajo conduce a renuncias individuales o a un malestar particularizado, y no a movimientos de transformación del ámbito laboral.
Resulta llamativo que, siendo el trabajo un eje central en la organización de nuestro día a día, el conflicto trabajo/vida apenas ocupe un lugar central en el debate público. Tampoco está especialmente presente en películas, series, podcasts u obras de ficción contemporáneas. Es un problema tan grande y tan prevalente que, colectivamente, parece que hemos renunciado a pensarlo. Un “hiperobjeto” que es más fácil evitar que asumir. Se habla de precariedad, fatiga o desencanto casi como cualidades personales, como malestares que afectan al yo, pero nunca como una condición que afecta y condiciona de forma continua el nosotros.
Del mismo modo, sorprende que, tratándose de un ámbito que genera tanto sufrimiento personal y colectivo, se hayan normalizado sus efectos más perjudiciales. Que la cantidad de bajas laborales, personas medicadas para poder trabajar y la cantidad de accidentes incluso muertes en el lugar de trabajo no sean motivo de crispación generalizada. Efectivamente, hasta cierto punto hemos integrado tanto el trabajo en nuestro día a día, que somos ajenos a la violencia intrínseca que conlleva ceder ideas, energía y fuerza a un ente abstracto que, a cambio, nos garantiza una injusta remuneración.
En ese sentido, para muchas generaciones de personas, la capacidad de disociar, es decir, de desvincularse emocionalmente de aquello que uno hace, ha sido una herramienta útil a la hora de encarar los aspectos más desagradables del trabajo. Sin embargo, la normalización de esta forma cuasi mecánica de habitar el mundo también ha tenido sus damnificados: personas que terminan siendo incapaces de atender las necesidades de los demás; que se han vanagloriado de no sentir; o que, sencillamente, hacen mierdas al perder la capacidad de empatizar con sus colegas. La disociación es la condición de posibilidad del trabajo contemporáneo, pero su precio a pagar es extremadamente alto.
Habitar el mundo de forma mecánica, perder la ilusión, hacer lo justo para pasar el día, oponer alguna resistencia de vez en cuando, y entrar temprano y salir tarde del trabajo como forma de disimular que, en realidad, no tienes mucho que aportar. Saber que gran parte de la jornada está dedicada a realizar gestiones y acciones que no sirven para nada. Aprender a habitar el doble canal: estar vivo por fuera y muerto por dentro. Reírse, en silencio, de quienes aún no se han dado cuenta de que el trabajo remunerado es una máquina al servicio de la producción de docilidad. Son estrategias individuales para sostener la vida laboral que contribuyen a alargar el malestar, no a combatirlo.
En paralelo, el auge neoliberal de subjetividades muy conscientes del mandato de tener que ser felices en todo momento, junto con el crecimiento de discursos psicologizantes en torno a la necesidad de hacerse cargo de las emociones y los sentimientos, de poner límites o de encontrar al sujeto genuino que llevamos dentro, ha desembocado en la producción de personas con una gran habilidad para el autodiagnóstico y una sensibilidad extrema. Una sensibilidad que hace que, en ocasiones, el mundo social sea percibido como un obstáculo persistente para el propio bienestar. Personas con capacidad para nombrar múltiples estados anímicos, reconocer una infinidad de microagresiones y diagnosticar relaciones de poder. Capaces de entender a la perfección la hostilidad del mundo, pero incapaces de asumir lo que implica transformarlo.
La industria académico-cultural ha contribuido a este proceso popularizando imaginarios emotivistas, debates en torno a la importancia de los cuidados, la identificación y evitación de banderas rojas, o la centralidad del bienestar personal en la vida. Al mismo tiempo, ha sabido transformar conceptos e ideas que en su origen tenían una función política en contenidos o rasgos identitarios que no hacen sino reforzar el valor público de quien los enuncia. Con ello se desplaza el cuidar de lo colectivo a lo particular. En ese sentido, hablar de precariedad, de «poner la vida en el centro» o de los afectos se hace desde una retórica individual que no implica, en ningún momento, la necesidad de transformar las condiciones que generan el malestar o la injusticia. Es otra forma de disociación: como si fuera posible pensar o trabajar el bienestar sin analizar la estructuralidad ni las formas de desigualdad que configuran nuestras condiciones de vida.
La hiperconciencia de lo que uno siente o necesita, la hipervigilancia emocional o la búsqueda incesante del bienestar encajan mal, obviamente, en estructuras diseñadas para extraer la mayor tasa posible de energía, atención o trabajo al menor coste. Es cierto que los entornos laborales pueden mejorarse, y mucho: se pueden diseñar oficinas más bonitas, implementar protocolos para prevenir el acoso y el maltrato, introducir horarios más flexibles o normativizar las formas de trato. Pero, aun así, incluso en los ambientes laborales más higienizados, cualquier persona se enfrenta a la posibilidad de que sus condiciones económicas sean peores que sus necesidades; de que el exceso de atención al trabajo conduzca al burnout; o de que los intereses de la empresa no coincidan con los del trabajador. Todo el mundo, tarde o temprano, es reemplazable o imprescindible según el contexto. Y eso casa mal con la idea de ser plenamente escuchado, reconocido y cuidado en todo momento.
La aceptación del marco neoliberal ha ido acompañada de una caricaturización de los sindicatos y de las formas de organización sindical, presentadas como ajenas y anacrónicas. Señoros que pertenecen a un mundo al que no queremos volver. En ese contexto, resulta más fácil desplazar el conflicto hacia el ámbito interpersonal que organizar un sindicato. Compensar el trabajo con yoga y terapia antes que impulsar una negociación colectiva. Quemarnos lentamente en lugar de detonar un conflicto laboral. Reírnos de los jóvenes que se resisten a integrarse en el mundo del trabajo y temen que, al hacerlo, se pierdan la parte buena de la vida.
En ese sentido, hay más verdad política en el FOMO que produce tener un horario fijo que en la resignación frente a la futilidad intrínseca al trabajo asalariado. Negarse a aceptar las condiciones que impone el mundo laboral es la primera toma de conciencia de la hegemonía que el trabajo ha adquirido en nuestras vidas. Cómo transformar el malestar personal en ira o rechazo y no en frustración o desafección es la pregunta incómoda que debemos formular quienes tememos ser engullidos por discursos reaccionarios y posturas conservadoras. Es un debate importante para hacerle frente a aquellos movimientos dispuestos a capitalizar y recaudar adeptos en esta poza de malestar que es el trabajo asalariado. Para evitar el juicio rápido y la caricatura. Para evitar la nostalgia de subjetividades que ya no tienen lugar. Para convertir el malestar en rechazo colectivo y no en retirada individual.



